Un fulminante estruendo rompió el inquietante silencio nocturno.
Al amanecer, el rocío fluyó por su firme rostro, despidiendo la templada y eterna noche de verano.
Durante el día, desde allí se vislumbraba la magnánima majestuosidad árabe, pese a permanecer de cara al sol. Aun cuando enmudeció, sus vastos versos seguían ondulándose por el medio, al ritmo de las más melodiosas sinfonías.
Por la tarde, el sudor y el llanto del pueblo regaron el olivo que abrazó su falsa soledad.
Compartir esto