Destinos caprichosos

Desperté con la dulce sensación de encontrarme aún dormido. Era todavía de noche, y permanecí en el lecho escuchando las soirees que se citaban por doquier en cada esquina del bullicioso Albaicín. El calor de la canícula de agosto, paliado por los intervalos de humedad y frescor que otorgaban los innumerables aljibes, hacía zozobrar mi sueño, y me relegaba a una vigilia rítmica. Seguía con atención los compases de las nûbas y zéjeles cercanos, y contaba las cadencias y cambios de modo que me recordaban a tiempos pretéritos. Mis dedos tocaban en el aire las cuerdas de un imaginario laúd del que era, según decían, un avezado intérprete. Cerré los ojos y evoqué a las esclavas-cantoras danzando alrededor de los suelos alfombrados en casa del sultán. Los velos de medio rostro, que tantas veces había intentado sortear para adivinar las facciones solo presentadas por la fachada de unos ojos verdes las menos y negros las más, llevaron mi pensamiento a los palacios nazaríes de la Alhambra. Allí, casi a diario, acompañaba el sosiego de una caprichosa corte masculina que se arrellanaba en grandes almohadones, y que decidían con furtivas miradas el futuro de las muchachas que bailaban grácilmente y paseaban sus gasas de seda entre los embriagados asistentes. Intuía aquellas decisiones con resignación, deseando volver a ver los mismos airosos movimientos al día siguiente, señal de que no habían sido regaladas ni objetos de transacción con otros mandatarios musulmanes y cristianos. Sin embargo, la realidad era caprichosa, y aunque prendado de muchas de ellas, no podía evitar que ese anhelo fuera efímero, pues cada semana, a pesar de la dificultad de adivinarlas, eran diferentes.

Corría el año 1370 en la ciudad de Granada. Formaba parte del elenco musical del sultán, y aunque hacía lo que me agradaba, no soportaba tener que estar sujeto a los designios de hipocresía y vehemencia de los nobles que acudían y me trataban con desdén. En muchas ocasiones, el avispado monarca, que de entre los asistentes era el menos despótico y arrogante, me hacía una señal para cambiar el tono y sentido de la música, con el deseo de dar por concluidas aquellas veladas y mandar a sus invitados a casa.

Una tarde crepuscular de aquel caluroso mes de agosto, con la tácita luz del sol rojizo ocultándose tras la montaña nevada, mientras recogíamos los instrumentos al concluir una nueva actuación, un sirviente del sultán me mandó seguirle a través de las estancias palatinas. Nunca había pasado por los corredores divididos por el incesante reguero de agua que con solo escucharlo bajaba las pulsaciones y ensoñaba a sus habitantes. Las paredes caladas de cada alcoba que atravesábamos y los techos estucados con exquisito artesonado, daban a entender los mimbres de una curia nazarí preocupada por la estética y la delicadeza. El sirviente me condujo hasta un iwan cuadrangular donde me instó a esperar. La habitación abierta era diáfana, y reparé en que estaba en la base de una de las torres que tantas veces había visto en el conjunto arquitectónico de la Alhambra, desde el otro lado del río Darro. Miré a través de una ventana y vi el enjambre de luces encendidas del Albaicín y los alrededores de mi hermosa ciudad. Entendí entonces el dominio de aquellos palacios y la suerte de sus inquilinos al poder presenciar aquella belleza siempre que desearan.

– Bienvenido a mi santuario maestro Ibn al-Haik- dijo una voz.

Giré sobresaltado y vi al sultán ataviado con un turbante y un albornoz con ribetes dorados. Inmediatamente me arrodillé ante él y sin levantar la mirada del suelo dije:

– Gran Sultán.

– Levantaos. Quiero agradeceros el buen trabajo que realizáis para mí. Es muy loable que sigáis acudiendo día tras día a complacer a todos esos mandamases sin presentar ni un mínimo hálito de cansancio.

– No lo hago por ellos majestad. Trabajo aquí para su excelencia, si me pedís que toqué lo haré, pero sólo porque me lo pide vuestra gracia.

– ¿Es que os incomodan mis invitados?- susurró socarronamente el sultán.

Temiendo haber hablado demasiado me ruboricé, y antes de que pudiera salir del entuerto en el que había incurrido por mi lenguaraz comportamiento, escuché aliviado:

– A mí tampoco me agradan la mayor parte de ellos. Son arrogantes, despiadados, y no siento el más mínimo aprecio por ninguno, pero no tengo más remedio que negociar con ellos si quiero la bonanza en mis territorios.

– Lo se excelencia. Disculpad mi osadía, pero esas muchachas…

– El destino de esas jóvenes no puedo predecirlo Haik. Todas forman parte de mi harén y no conozco prácticamente a ninguna. La sultana se encarga de su organización y su gobierno. Sin embargo, son obsequios que me hacen evitar guerras y desavenencias con nobles de otras estirpes y religiones.

– Disculpad nuevamente mi sultán. No quiero contradeciros, pero no son simples obsequios, sino un regalo del cielo. Son el verdadero motivo de vuestro divertimento, le ponen calidad y sentido a la música que tocamos. Se que nada se puede hacer, pero permitid mi enfado al derrochar diariamente tanto arte y tanto encanto.

– Bueno, bueno…- dijo sonriendo el sultán- sois directo y con personalidad; me agradáis. Os he mandado llamar precisamente por un motivo relacionado con mis cantoras. Un poderoso visir persa desea fervientemente llevarse a una de ellas a cambio del libre comercio marítimo. La transacción, sin lugar a dudas, nos es francamente lucrativa, sin embargo, querido Haik, por muchos dinares que me pueda reportar el negocio, me es imposible deprenderme de ella.

– ¿Y qué diferencia hay con las otras, señor?- dije intentando no sonar irónico.

– Es exquisita, adorable y absolutamente fabulosa. Baila, canta, recita y además es hermosa. Lleva desde que tenía trece años con nosotros y me consta que es feliz aquí. Heme tan prendado de sus destrezas y belleza que quiero hacerla una de mis esposas.

– ¿Ella está de acuerdo?- pregunté curioso.

– ¡Qué más da si lo está o no!- La voz del sultán empezaba a elevarse de tono, señal de que no le agradaba mi visible desacuerdo con decisiones unilaterales.- Perdonad excelencia. No quería haceros enfadar- corregí.

– Llegáis a ser francamente irritable… y es por ese motivo, por ese celo que mostráis, por el que se que haréis lo que os pida. Porque a pesar de no conocerla, sabéis apreciar el arte como nadie y me consta que si fuera por vos, nunca saldría de aquí para ser regalada o vendida- calló un momento y después añadió- tras haber denegado los deseos del visir en varias ocasiones, su enfado ha ido en aumento, y no cejará en el intento de llevársela. A pesar de no contar con el respaldo de la corte Persa en estos asuntos, es demasiado poderoso e importante económicamente para ellos, y no pondrán trabas a sus caprichos. Planea, de algún modo, robar a la muchacha, aunque ignoro el fondo y forma. He doblado la guardia en los últimos dos días. Si consigue llevársela, nada podré hacer para recuperarla. La quiero a mi lado, pero no iniciaré una guerra por ella.

– ¿Y en que puedo seros útil, mi señor?- pregunté.

– El visir Ibn Al-Massuli frecuenta los baños del barrio de Baba Ilvira. ¿Los conocéis?

– ¿Son los que se encuentran en el extremo norte de la medina, justo en el borde septentrional del Albaicín?- pregunté.

– Eso es- respondió el sultán- Pues bien, con las nuevas remodelaciones, he habilitado un lugar para los músicos en su interior.

Abrí los ojos con gesto sorprendido.

– Se que os puede parecer extraño tal disparate, pero en mis asiduos viajes a Constantinopla, he estado en uno de estos baños en repetidas ocasiones, en los que un laudista, amenizaba y distraía con sus acordes y nûbas a los acudían al retiro anímico.  Doy fe como la música relajaba y sosegaba el espíritu. ¡Qué razón tenían Al-Farabí y el gran Ibn Sina cuando decían que era terapéutica!- exclamó- así que he creído que sería buena idea introducirla en mis baños. Vais a entrar a trabajar allí mientras dure la estancia del visir Massuli en Granada, y me informareis de sus intenciones. Mis espías me han revelado que se reunirá en los próximos días con sus enlaces granadinos allí. Su obsesión está en la muchacha que os digo. Espero que me sirváis como corresponde. Confío plenamente en vos.

Asentí con una rápida reverencia y sin mediar más palabras, el sultán se giró y se marchó. De camino a casa estuve dando vueltas sobre cómo iba a acometer mi delicada empresa. Me preocupaba también el sonar de mi laúd en las termas. Los instrumentos musicales se ensordecían con la humedad y sin lugar a dudas las cuerdas resbalarían.

Estuve despierto toda la noche, distraído por momentos por los cantares y el “duende” del ruidoso vecindario.

Al día siguiente, al atardecer, me dirigí hacía los baños. Nunca había entrado en unos, pues los frecuentaban gente de alta posición, como políticos, comerciantes y otros ricos. Accedí por una portezuela desde un estrecho callejón. Entré en un zaguán irregular. La persona que me agasajó reparó en que llevaba el laúd a la espalda y me hizo acompañarlo sin preguntar. Pasamos por una especie de corredor alargado y transversal con alcobas a ambos lados. Mientras caminábamos, mi cicerón me explicó la funcionalidad de tres salas que se intercalaban: una fría, con temperaturas y aguas acorde con la estación presente; una templada, de planta cuadrangular cubierta por una gran cúpula con lucernarios que poseía su propia piscina, y una caliente, lugar propio de la sauna, donde la temperatura era extremadamente alta por encontrarse debajo de las calderas. En aquella habitación, la más concurrida sin duda del establecimiento, en una especie de abertura abovedada en el espacio rectangular de la misma, había un altillo de metro y medio aproximadamente sobre el que se abría una ventana que dejaba pasar el aire de la calle y la tenue luz solar. El regente de los baños me indicó que allí debía apostarme. Subí por una escala. El calor en aquella atalaya parecía no existir. Bajo de mi zócalo un intenso olor a eucaliptus y un vapor sofocante, hacía sudar a los presentes. El genial constructor del sultán había ideado aquel lugar pensando en los músicos y los pormenores de sus delicados instrumentos.

Los dos primeros días acudí a los baños sin tener la “suerte” de encontrarme con Al-Massuli. En ese tiempo estuve tocando nûbas con extrema delicadeza, mimetizándome con el entorno y acostumbrando a mi laúd a un lugar pintoresco pero agradable. Muchos de los asistentes reparaban en mi presencia y se recostaban en los escalones cerrando los ojos y evadiendo sus pensamientos entre las vaporosas notas de mi música. Otros charlaban apaciblemente acompañando con la cabeza los ritmos que contrapunteaba. La bóveda sobre mi cabeza otorgaba una excelente acústica al recinto y era capaz de escuchar con claridad cualquier conversación que se producía en el radio de mis dominios.

Al tercer día llegó el visir sin escolta. Era un hombre de recia osamenta. Cubierto con una simple sábana alrededor de la cintura, observé cual poder perdían los hombres cuando carecían de ornamentos. Aquel que otrora me había parecido soberbio, ataviado con sedas y albornoces caros, recuperaba entre aquellas paredes su condición humana, dejando la insolente altanería de la que hacía gala, en el vestíbulo. Casi simultáneamente llegaron otros dos hombres y los tres se sentaron. Me miraron de soslayo y temí por un segundo que el visir me conociera de casa del sultán, pero recordé enseguida mi condición de sirviente y supuse que jamás se fijaría en un lacayo.

El sonido de mi laúd se mantenía suave mientras tramaban como iban a raptar a la joven del harén. Su intención era infiltrar a una nueva esclava-cantora, cosa que se producía casi a diario, para que envenenara la bebida de la deseada bailarina con un narcótico. Sacarla del serrallo aduciendo una muerte súbita, sería lo más sencillo. Por supuesto, aquellos taimados señores ignoraban los largos brazos que tenía el sultán y la información que ya poseía al respecto y la que iba a completar después de aquello.

Terminaron de hablar y los dos hombres que acompañaban al visir se marcharon. El mandatario cordobés quedó sólo. Una luz solar insólita entró por la ventana a mis espaldas y el visir se giró irremediablemente hacia ella, tapándose los ojos ante el cegador reflejo. Se me heló la sangre en las venas. Pero volvió a desviar la mirada y musitó entre dientes mientras se levantaba y abandonaba la sala: “Agradable peripecia esta de tener música en las caldas, aprenden rápido estos nazarís”.

Informé puntualmente al sultán aquella misma tarde. Rió con ganas al escuchar de mi boca la estratagema del visir, sabiendo, como yo sabía, que de no estar al tanto, el plan era perfecto. Me agradeció sobremanera la pleitesía que le rendía obsequiándome con una cuantiosa cantidad de dinares que rechacé:

– Gracias mi señor, pero me doy por satisfecho sabiendo que la muchacha no abandonará su casa. Si queréis recompensarme, otorgadme la libertad para poder hacer lo que me plazca. Estos días en los baños he podido observar como mi música es capaz de ensoñar, relajar, sosegar y hasta de adormecer a la gente. En el maristán del barrio de la qwaraya buscan músicos que quieran tratar con enfermos mentales. Necesito sentirme útil y alejarme de este mundo- dije.

– Sois un buen hombre Ibn Al-Haik. Suerte tenéis de no estar encerrado en la nobleza y sus desmesuradas voluntades. Os envidio, y os concedo vuestro deseo, pues a pesar de perder a un gran músico, es lo mínimo que puedo hacer por vos. No quiero que sufráis más aquí, os debo un gran favor.

Me enteré tiempo después que el sultán se casó con la muchacha y que el visir no pudo hacer nada por impedirlo. Sus planes se fueron al traste y no le quedó más remedio que pactar con otros trueques menos “personales”.

No quise saber más de aquel episodio. No era mejor persona mi sultán por haber evitado que una esclava abandonara el harén si después permitía que otras lo hicieran para fines políticos, económicos o lamentablemente, caprichosos.

Así pues me puse a trabajar en el maristán. Iba diariamente. Muchos días tocaba en sesiones individuales, otras grupales. Los internos abandonaban sus manías y se acercaban a mí, queriendo asir los sonidos y llevárselos a sus celdas para no soltar la única medicina que les hacía sentir mejor. Cada día era un reto, una recompensa en forma de emoción, un acento sobre el verbo sanar que se renovaba con cada histeria, con cada sentimiento, con cada respiración. Cuando abandonaba el maristán para trabajar, era para acompañar a los galenos a casa de algún paciente que agonizaba y se despedía de este mundo con las melodías de mi laúd.

Los pacientes se multiplicaron y no solo se abrieron las puertas a enajenados, sino también a enfermos de toda índole. Por prescripción médica en casi todos los casos, tocaba para sosegar, para evadir y para soñar en tiempos mejores. La música se había convertido en una terapia necesaria y las letras de las nûbas, las transformaba para adaptarse a cada instante. En los casos de melancolía debían sonar acordes tristes y en casos de excesiva alegría, música de jolgorio, para poco a poco ir disminuyendo velocidad y tono y así controlar el exacerbo. Muchos me llamaban mago, otros simplemente me sonreían con vehemencia y eterna gratitud.

Con el tiempo llegué a conocer las emociones de los enfermos, clasificarlas; las facultades y conductas que la música era capaz de otorgar, y tantas y tantas vivencias que en plena senectud, inundan mis pensamientos.

Ahora, en esas noches de tanto calor, mis dedos tañen el viejo laúd que recuerda el canto de las esclavas que antaño remembraban historias antiguas y cruzaban sus sones con el correr del agua de las estancias palatinas. Estas canciones sacuden mi memoria y me devuelven la sencillez de un arte que fue medicina y salvación.

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