Un Camino Vacío

Un Camino Vacío Marc

Summary:

Calificación de usuario: 5 (1 votos)

Rem caminaba por un pedregoso sendero sin un destino claro. La noche había caído sin que se diera cuenta, pues había entrado en un estado de duermevela que se estaba haciendo familiar tras incontables horas caminando.  No recordaba cuando había sido su última comida caliente y apenas había conciliado el sueño en las últimas semanas. Tenía la garganta reseca por falta de agua y conversación. Aunque tampoco que es que hubiese nadie con quién hablar. Llevaba varias lunas en el camino después de haber dejado aquella aldea que era ya una vela trémula en su memoria, y solo se había cruzado con unos pocos viajeros perdidos. Sentía las rodillas gastadas y sus pies se habían hecho duros y resistentes como el cuero viejo. El pelo enmarañado le cubría los ojos y su barba era basta como el alambre.

Le gustaría poder pensar que cada paso que daba le acercaba más a su destino, pero hasta esa esperanza había quedado atrás. Pues alguien que pretende alcanzar algo debe saber lo que es que busca. Pero con cada paso que daba, Rem se convencía más y más de la futilidad de su empresa. La llama de esperanza que antaño había sido su estrella en la noche y un calor reconfortante cuando el sol se apagaba, ahora apenas se podía asemejar a las brasas de un fuego olvidado.

Pues Rem había nacido con una peculiaridad, ahí donde podrías esperar que un hombre tuviera el ombligo, solo podías ver un pozo de oscuridad. En medio de su enjuto cuerpo, se hallaba un agujero que Rem siempre llevaba y había llevado consigo, negro y profundo como el cielo sin estrellas. En cuanto tuvo capacidad para observar el mundo que le rodaba, Rem se dio cuenta de que era diferente y eso le atormentaba. Veía a sus compañeros jugar y divertirse, pero él no podía, cómo iba a poder disfrutar cuando en lo más profundo de su ser había un hueco? Cualquier placer parecía trivial e indulgente en vista de su terrible condición. Más que verlo, sentía el agujero dentro de él. Como la incómoda sensación de estar olvidando algo pero no saber el qué, la presencia de aquel misterio en su propio ser le producía un profundo desasosiego. Y por eso nunca lo enseñaba o lo comentaba con nadie. Lo evitaba como un lisiado que aprende a no apoyarse sobre su pierna mala.

Así que en cuanto se hizo alto como un oso levantado y fuerte como el hierro que perfora las rocas, Rem emprendió un viaje con el propósito de averiguar la naturaleza de su condición.  Caminó día tras día hasta que le salieron ampollas en los pies. Caminó meses y meses soportando el peso de sus fardos. Caminó años y años y se hizo alto y delgado, duro y hambriento. Perdió la cuenta de las noches y los kilómetros. Conoció a marineros que amaban más el agua que a sus mujeres, mujeres que amaban a más hombres que estrellas en el cielo, a poetas que derramaban lágrimas por mujeres que no amaban y soldados que con el tiempo se habían olvidado de que era amar.

Aprendió de un comerciante que en la vida solo se consigue lo que negocias, no lo que te mereces. Un sabio monje le explicó que la realidad empieza en el pensamiento. Un viejo rey le hizo ver que todo lo que la luz toca es nuestro reino y un espadachín derrotado que el orgullo precede al fracaso.

Y durante sus viajes el agujero cambiaba de tamaño y forma, serpenteando dentro de él como el agua en un mar tormentoso. Había veces que se volvía tan pequeño que parecía que iba a desaparecer, pero siempre volvía, más grande y doloroso que nunca. Y ahora lo sentía como si le consumiera su fuerza y se apoderase de su voluntad.

Oscuros pensamientos ocupaban su mente cuando a lo lejos Rem divisó una hoguera que prometía una noche caliente y quizá hasta una cena que consistiera en algo más que pan duro y queso viejo. Esa esperanza le dio la energía para mantenerse en pie hasta llegar al lugar donde un grupo relativamente pequeño de personas arremolinadas alrededor del fuego escuchaban embelesados una historia que se estaba contando. Mientras se acercaba, Rem pudo escuchar terminar el relato. Solo el crepitar de las llamas daba un acogedor contrapunto a la resonante voz del anciano que narraba. No es que hablara con voz vehemente o agresiva, pero te sentías extrañamente atraído a sus palabras, el sonido resonaba en lo más hondo de tu ser como si fueras un tambor

Envueltos en llamas y cayendo en la oscuridad el hombre que era un demonio que era el mal gritó enfurecido: “Iluso! Moriremos los dos.” Persian sabía que era cierto pero era un sacrificio que estaba dispuesto a hacer. El demonio perdía su compostura porque veía la determinación en los ojos de Persian, inamovible como una piedra vieja y pesada. “Estás loco! Qué idiota muere para salvar a otros? Qué sentido tiene lo que haces si te sacrificas en el empeño?” Sonaba el chillido estridente del demonio que veía como su pelo se quemaba y su piel se ennegrecía. “Suéltame y podrás vivir, déjame escapar y no te atormentaré nunca más” Y Persian sabía que el demonio decía la verdad porque estaba realmente asustado. Pero a pesar de eso en ningún momento disminuyó la fuerza con la que sujetaba al malvado ser, aquel ser que había sembrado el chaos en la ciudad que él protegía y en el corazón de su joven amante Dianne. Había envenenado los pozos, esterilizado las tierras y apagado el sol y solo tras su muerte la harmonía podría ser reestablecida. Dianne se encontraba en la ciudad destrozada, rezando por el retorno de la paz y su recuerdo daba a Persian la fuerza de una tormenta. Por su sonrisa levantaría montañas; por su susurro conseguiría una estrella del cielo; por su amor daría su vida. Así que Persian no desistió. El demonio lo seducía con palabras dulces como el beso de una doncella, pero no cedía; le intimidaba con palabras duras como el golpe de martillo que forja la espada, pero no cedía; le suplicaba con la desesperación que da la certeza de tu muerte, pero no cedía. Se mantuvo firme y con su muerte trajo la vida de vuelta al mundo.

Trajeron los ciudadanos de la cuidad que ya no estaba destrozada lo que quedaba del cuerpo de Persian al centro de la plaza principal donde con gran pesar por la pérdida de su héroe bendecían su nombre y rezaban por él. Se acercó entonces Dianne con el rostro congestionado por el dolor. Se arrodillo ante él y derramó amargas lágrimas sobre su corazón. Apoyó la cabeza en la piel quemada del pecho de su amante mientras violentas sacudidas del sufrimiento más profundo recorrían todo su cuerpo. Con un susurro que era el lamento de un amor perdido, que era el apagarse de la trémula llama de la esperanza, Dianne dijo su nombre. Y Persian escuchó su nombre desde la oscuridad en la que se encontraba como una súplica implorante que le devolvía a la vida. Lentamente abrió los ojos de nuevo y secó con ternura las lágrimas de los ojos de su querida. Y así la llama prendió de nuevo y para siempre. 

Al finalizar el relato todos se rebulleron ligeramente en su sitio como si despertaran de un profundo sueño. Solo entonces vieron a Rem y con una cálida sonrisa en la boca un hombre de mediana edad con una poblada barba y la desenvoltura de aquel que sabe dónde se encuentra se dirigió a él.

-Saludos! Parece que llevas un tiempo en el camino, qué te trae por estas partes recónditas del mundo?

-Promesas olvidadas y sueños lejanos. – Respondió Rem con voz apagada que delataba su abatimiento.

-El camino es cansado, por qué no pasas la noche con nosotros y compartes la cena? Siempre apreciamos nueva compañía. – Ofreció con sincera generosidad el hombre – Mi nombre es Caleb, siéntate con nosotros y dinos el tuyo.

-Aprecio tu cordialidad pero no tengo nada que ofrecer a cambio. Gasté mis últimos peniques hace tiempo y mis pertenencias se reducen a lo que veis que llevo conmigo.

-Hay algo que nosotros apreciamos más que ninguna otra cosa y eso es algo que todo el mundo posee. Toda la verdad se encuentra en las historias, cuéntanos la tuya y la balanza quedará compensada.

Rem, agradecido por poder probar un bocado consistente de nuevo y ligeramente turbado por la amabilidad con la que estaba siendo tratado, se sentó mientras Caleb introducía al resto del grupo. Caleb contó entonces su historia mientras comían, despacio y titubeando al principio, pues hacía mucho que no hablaba tanto, pero con más energía e incluso elocuencia después una vez habiéndose inmerso en ella. Alrededor del fuego todos escuchaban atentamente cómo Rem relataba sus viajes por el mundo, cómo entre momentos de gran júbilo y desconsuelo, aquel vacío habitaba en lo más profundo de su ser.

-Es una piedra pesada en mi corazón, es un sufrimiento que no puedo admitir. En él siento la pérdida de algo preciado y las lágrimas de alguien inocente. Y con cada día que pasa, la posibilidad de que desaparezca, de que por fin se cierre del todo y pueda sentirme entero, me resulta más lejana, como el sueño de un niño que se desvanece en la realidad del mundo adulto.

Hubo un momento de silencio. Para entonces la noche se estaba estableciendo trayendo consigo una brisa agradable que se deslizaba entre las ramas de los árboles y agitaba las hojas.

Tiene que verlo. – Dijo el anciano con solemnidad y todos asintieron con gesto grave. – Luna, Aaron, enseñadle el vuestro.

Una mujer joven con el pelo del color del trigo se quitó uno de sus zapatos revelando un agujero donde debería estar su tobillo. Aaron se quitó la camiseta y Rem pudo ver como su hombro no era más que una sombra oscura.

-No eres el único, Rem. A todo el mundo le falta algo, todos vivimos tratando de transcender aquello que nos hace insuficientes, incompletos. – Una mezcla de fiereza y confort se asomaban en la voz de la mujer. – A Vela apenas se le ve la espalda y Bruno siempre lleva la mano vendada para que nadie vea su palma.

-¿Sorprendido? –me preguntó Caleb-. Camina conmigo.

Los dos hombres se alejaron en silencio de la luz y el calor que proporcionaba el fuego en dirección a lo alto de una colina. Solo las estrellas que poblaban el cielo nocturno iluminaban el camino, llenando el corazón de todo el que miraba hacia arriba de esperanza y asombro. La cima acababa en un gran acantilado. Caleb se sentó en el borde, sus piernas bailando sobre muchos metros de caída. Tras un segundo de vacilación, Rem hizo lo mismo, notando la hierba fresca en sus manos al apoyares.

-El agujero es el precio que pagas por vivir, es el precio que pagamos todos. Lo escondemos como un secreto vergonzoso, preguntándonos su razón de ser. Algunos como tú embarcan en viajes eternos tratando de encontrar respuestas. Otros tratan de engañar al mundo fingiendo que no existe. Otros se refugian en el olvido del hedonismo, entumeciéndose hasta que el dolor se hace tolerable. Pero el agujero no desaparece simplemente porque no lo reconozcas. –Caleb hablaba lentamente, con el cuidado de alguien que trabaja con fuego y no quiere quemarse.

-Parece un precio demasiado grande que pagar. Cómo puede estar justificada una vida que requiere tal sacrificio?

-Porque la amas a pesar de sus desperfectos, a pesar de las heridas que infiere.

-Cómo puedes amar un mundo tan cruel? Cómo puedes amar algo tan fallido y corrupto?

-Amamos lo que amamos. La razón no entra en juego. En muchos aspectos, el amor más insensato es el amor más verdadero. Cualquiera puede amar algo por algún motivo. Eso es tan fácil como meterse un penique en el bolsillo. Pero amar algo a pesar de algo es otra cosa. Conocer los defectos y amarlos también. Eso es inusual, puro y perfecto.La duda se reflejó en el semblante de Rem pero eso no amedrentó a Caleb – Quizá sea contender contra nuestro desperfecto que hace que la vida valga la pena, lo que le da significado. Solo es ante el dolor al que nuestra limitación nos hace vulnerables que las máximas profundidades del ser humano pueden ser alcanzadas, como fuerza contra el mal que nuestras acciones pueden ser nobles, solo en contraste contra lo que es vulgar y despreciable que la belleza puede existir. Si lo tuviéramos todo, si fuéramos invulnerables, no habría grandeza del espíritu. Porque cuando todo está ya hecho la grandeza es superflua. Permíteme mi sufrimiento pues, y lo sujetaré orgullosamente; dame mi dolor, y luciré las cicatrices con honor. No quiero ser feliz, quero participar en el esfuerzo continuo por alcanzar la redención. Y entonces quizá pueda sentirme completo.

Y con los ojos abiertos por primera vez, Caleb vio los colores dorados del sol asomarse por encima de las montañas a lo lejos señalando un nuevo día.

Compartir esto
Cargar más publicaciones relacionadas
  • Cuento / Microrrelato Revista número XIX

    Un Camino Vacío

    Rem caminaba por un pedregoso sendero sin un destino claro. La noche había caído sin que se diera cuenta, pues había ...
Cargar más publicaciones de Marc
Cargar más en Cuento / Microrrelato

Dejar una respuesta

Tu correo electrónico no será publicado. Los campos obligatorios están marcados *

Buscador

Ediciones de Revistas