Se había sentado en la terraza de la cafetería para contemplar a las mujeres que pasaban por la calle, una vieja costumbre que siempre le había ayudado a levantar el ánimo, incluso en sus momentos de mayor abatimiento. Aunque conocía la fama de las mujeres francesas, jamás hubiera imaginado que en una calle cualquiera de París, ni especialmente distinguida ni situada en uno de los barrios más turísticos, todas sin excepción parecieran modelos de portada de revista de moda, tan bellas y elegantes que cualquier hombre dejaría sin pensárselo trabajo, mujer y patria para salir corriendo detrás de ellas. Sin poder apartar la vista de aquellas mujeres que parecían correr al encuentro con sus amantes, saboreaba un café por el que había pagado un precio que le había parecido escandaloso incluso tratándose de París, pero que considerando el magnífico desfile al que podía asistir bien podría considerarse barato. La rapidez con la que aparecían y desaparecían de su campo visual no le permitía contemplarlas con detalle, pero sí alcanzaba a percibir fugazmente el contorno bien delineado de sus cuerpos bajo la tela de vestidos de alta costura, el alegre vaivén de sus melenas al viento, o el ritmo frenético y marcial con el que marcaban el paso en sus altísimos zapatos de tacón. También le llegaba a ráfagas el aroma de los perfumes más caros y exclusivos del mundo, envuelto en el aire fresco del otoño. Todo contribuía a que el mundo resultara bello y perfecto en aquel atardecer parisino, y ni siquiera el recuerdo de las circunstancias que lo habían llevado hasta allí conseguía estropear la perfección del momento.
Estaba tan absorto en aquel fabuloso ir y venir de mujeres, que se sobresaltó cuando vio llegar a Jacques. Su pequeña figura envuelta en una gabardina caqui demasiado larga añadió una pincelada de tristeza al paisaje, y en un instante el sabor del café se le enturbió en la boca. Lo vio aproximarse, inconfundible con su peculiar forma de caminar con las manos metidas en el fondo de los bolsillos y su menudo cuerpecillo ligeramente inclinado hacia delante, como desafiando un fuerte vendaval que estuviera a punto de derribarle. Nunca le había gustado ese hombre, y el tiempo que había pasado desde la última vez que se vieron no había mejorado la impresión que le producía.
– Qué placer volver a verle, doctor Sergio Castellano –dijo el hombrecillo al llegar a su altura en un español perfecto -. Ha elegido un buen sitio para tomar café, me tomaré uno con usted mientras charlamos de lo nuestro.
Sergio hizo un gesto desganado con la mano señalando la silla que tenía enfrente y Jacques tomó asiento con una sonrisilla maliciosa bailándole en los labios.
– Tengo que confesarle que no esperaba volver a verle –prosiguió después de que un camarero de gesto desabrido se acercara para tomarle nota-. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez? ¿Tres años, quizá?
– Cuatro.
– Cuatro años. Qué barbaridad, cómo pasa el tiempo. Pero veo que se conserva bien, doctor. Sigue siendo un seductor.
Sergio sonrió con frialdad.
– Todavía recuerdo Salamanca –continuó hablando el hombrecillo-. Una ciudad maravillosa. Y lo mejor de todo es que, aparte de mí, no había franceses.
Soltó una carcajada. Acababan de traerle un expreso en una tacita de porcelana blanca y no dejó de reír grotescamente mientras se la llevaba a los labios. Sergio apartó la vista, incómodo.
– Compruebo que su magnífico sentido del humor sigue siendo el mismo de siempre – ironizó Jacques, dejando de reír de golpe después de dar un pequeño sorbo al café. Sergio se incorporó levemente en su asiento y se obligó a mantenerle la mirada, enfrentándose a la fea expresión taimada con la que lo contemplaba Jacques-. Parece usted un hombre triste, atormentado, trágico. Pero no quiero entretenerle. Ustedes los hombres serios siempre tienen prisa. Dígame, Doctor, ¿a qué se debe su inesperada llamada?
Sergio se arrepintió de no haber bebido algo antes de reunirse con él. Un coñac, o un buen vino, habrían sido preferibles a ese café demasiado fuerte que le había dejado una áspera sensación en el paladar. Tenía suficientes razones para no confiar en el hombre que tenía sentado enfrente, pero lo razonable y lo conveniente habían dejado de importarle. Aunque le costara reconocérselo, necesitaba a Jacques.
– Se trata de Julie –Sergio expresó de forma directa el motivo por el que estaba allí -. Tengo que encontrarla.
Jacques asintió lentamente con la cabeza y su mirada pareció enturbiarse. Ambos sabían que nunca habían sido amigos, y si no fuera por esa mujer jamás habrían estado sentados en la terraza de aquel café parisino, aparentemente charlando y dejando pasar el tiempo como harían dos buenos amigos que no necesitan hablar demasiado para sentirse cómodos.
-Julie –repitió para sí, ensimismado. En su semblante había aparecido un aire de abatimiento que no le había visto nunca antes. Sergio se percató de que nunca su figura le había parecido más insignificante, ni su rostro menos agraciado, que en aquel momento-. Pensé que se había olvidado de ella.
Sergio se limitó a encogerse de hombros y estudiar el rostro de Jacques sin decir nada.
– Ha tardado mucho en venir a buscarla, doctor –añadió. Su habitual aire de confianza en sí mismo había desaparecido después de escuchar el nombre de la mujer, y se vio obligado a apartar la vista para esquivar la mirada franca y tranquila de Sergio -. ¿Acaso piensa que se ha pasado todos estos años esperándole? Tejiendo y destejiendo un tapiz todas las noches, tiene su gracia…
– A usted no le importa lo que haya tardado. Dígame dónde está, eso es todo lo que necesito de usted.
– Todo el mundo necesita algo de mí. Es muy fácil pedir cosas a Jacques –se lamentó haciendo un gesto con las palmas de la mano hacia arriba-. ¿Y yo qué obtengo a cambio?
– Yo le ofrecería cariño, pero imagino que querrá dinero.
– Vivimos en un mundo cruel –asintió Jacques-. Todo tiene un precio. – Usted dígame cómo encontrar a Julie y tendrá su dinero
Jacques pareció meditar durante unos instantes la propuesta. Terminó su café de un sorbo y sus deditos de enano juguetearon con la tacita antes de depositarla con cuidado en la mesa. En un par de ocasiones dio la impresión de que iba a hablar, pero algo le detuvo y no dijo nada. Al rato, el silencio empezó a pesarle a Sergio, que hubiera deseado cogerle por los hombros y zarandearle para obligarle a hablar.
– Pongamos que usted tiene el dinero suficiente para comprar la información. Y pongamos que yo estoy dispuesto a dársela -Jacques habló muy despacio, como si su vida dependiera de lo que dijera y tuviera que medir cada una de sus palabras -. ¿Qué le hace pensar que yo sé dónde se encuentra Julie? Han pasado muchos años, el tiempo trae y se lleva a la gente, y como quizá ya sabe ella me abandonó al poco tiempo de volver a París.
– Tiene que saberlo, no se haga el interesante –dijo Sergio con firmeza, intuyendo la maniobra del francés para obtener más dinero-. Acéptelo, Jacques. No puede impedir que Julie y yo nos reencontremos. Pagaré lo que me diga siempre que sea sensato. Y si no, buscaré otra forma de encontrarla y usted se quedará sin el dinero.
Jacques clavó en él una mirada apagada, como si en realidad no le estuviera viendo a él sino a una escena de su pasado que regresaba a su memoria para martirizarle. Sin duda, en esa escena estaba Julie. Para el hombre que la había perdido, debía de ser doloroso convivir con el fantasma de su delicada y elegante belleza. Pero Sergio no estaba allí para compadecerse de él, sino para recuperar lo que había perdido.
– Está bien –aceptó finalmente el hombrecillo con voz carente de inflexión-. Le diré dónde encontrarla.
Sergio intentó contener su satisfacción adoptando la expresión más neutra de la que era capaz. Tuvo que esforzarse para reprimir la sonrisa que asomaba en sus labios. “Lo sabía”, se dijo con un ligero temblor en las mejillas. “Sabía que este maldito hijo de puta me lo diría”. Sintió una mezcla de pena y asco por él.
– Vaya a Saint-Huber –dijo Jacques con la mirada perdida. Sergio tomó nota mental del nombre del pueblo -. Es un pequeño pueblo no muy lejos de aquí en el que Julie vivió con sus padres hasta que se casó conmigo y nos instalamos en París. Allí todo el mundo la conoce. Pregunte a cualquiera, ellos le dirán dónde reside ahora.
Sergio sintió que la tensión acumulada durante los últimos días se transformaba en una cálida y vibrante sensación de vitalidad que recorría su cuerpo.
– Nos divorciamos al poco de regresar de España -Jacques habló con voz sombría-. Ella estaba enamorada de usted, doctor. Locamente enamorada. Los franceses llamamos amor fou a ese tipo de sentimiento salvaje, incontrolable, desgarrador. Se pueden hacer muchas tonterías cuando uno está en ese estado.
– ¿Por qué fue a buscarla a España cuando supo que estaba con otro hombre? –se atrevió a preguntar Sergio ahora que parecían haberse despojado, siquiera un instante, del antagonismo que les había enfrentado-. ¿Por qué intentó recuperarla cuando estaba claro que ella ya no le amaba?
– Era mi mujer –sentenció Jacques-. No me importó lo que pasara con usted en Salamanca. Yo era su marido y seguía queriéndola. Y eso no ha cambiado.
Permanecieron en silencio hasta que Sergio comprendió que se había acabado el momento de las confesiones. Se llevó la mano al bolsillo interior de su chaqueta y sacó una chequera alargada y una pluma estilográfica. Escribió una cifra en el papel, lo firmó y arrancó el cheque para ofrecérselo por encima de la mesa al otro hombre. Había escrito una cantidad algo superior a la que inicialmente había previsto, pero no le importaba. Ahora que había conseguido lo que buscaba, se sentía generoso, vital, renovado. Jacques alargó la mano lentamente para coger el cheque. Durante unos instantes lo sostuvo entre los dedos, sin mirar lo que había escrito en él.
– Creo que es más de lo que merece –dijo Sergio-. Pero encontrar a Julie vale ese dinero.
Jacques parpadeó con perplejidad al dirigir la vista al papel, como si fuera incapaz de comprender los signos que aparecían en él. Era mucho dinero, demasiado, más de lo que sin duda había esperado. Sin embargo, lo que sucedió a continuación hizo que Sergio enmudeciera: mientras hacía un gesto de negación con la cabeza, Jacques rompía en pedacitos el cheque que acababa de ofrecerle. Sergio lanzó una exclamación. ¿Acaso no era suficiente lo que le ofrecía? ¿Cuánto pensaba sacarle? ¿Creía que era imbécil? Sin duda, se dijo, si había algún imbécil en todo aquel asunto era aquel maldito francés si pensaba que podía estafarle. Sergio había conseguido la información que necesitaba, y aquel era el único cheque que pensaba extender. Se levantó de golpe, dando por zanjada la entrevista y dispuesto a dejar atrás a Jacques para siempre. Visto desde arriba parecía un hombre aún más insignificante y feo. La calva que se abría en la coronilla, el cabello lacio y sin brillo, y la línea que formaban frente y nariz al girar la cabeza hacia arriba le daban un desagradable aspecto de roedor. Se volvió bruscamente y echó a andar con la esperanza de que aquella hubiera sido la última vez que lo veía.
– No hace falta que corra, doctor. Julie no se va a mover de Saint-Huber – le retuvo la voz pausada y fría de Jacques a sus espaldas. Al volverse de nuevo hacia él, descubrió la sonrisa terrible, diabólica, que se dibujaba en su rostro- No encontrará a Julie allí. Encontrará su tumba. Una bonita lápida en un bonito cementerio francés al lado de la iglesia.
Una mueca horrible desfiguró el rostro varonil y atractivo de Sergio. Sintió que las piernas le fallaban, y tuvo que apoyarse en el respaldo de la silla en la que había estado sentado para sostenerse. Si hubiera podido, habría querido aullar de dolor. Pero se mantuvo en pie, aferrado a la silla y respirando con dificultad.
– Al volver a París después de la aventura que tuvieron no volvió a ser la misma – siguió hablando Jacques. Extrañamente, su voz no parecía albergar ni resentimiento ni satisfacción; en realidad, no había ninguna emoción particular en ella, sino una entonación neutra que igual le hubiera valido para indicarle cómo llegar hasta el museo del Louvre desde la calle en la que se encontraban-. Se divorció de mí, pero no encontró consuelo en ninguna otra parte… Dejé de verla, aunque seguí manteniendo el contacto con sus padres. Lo que me contaban era realmente terrible. Julie se encerró en su habitación de la infancia y empezó a dar muestras de haber perdido la razón… no recibía visitas ni atendía al teléfono, se negaba a alimentarse, descuidó su aspecto físico y la higiene… Los últimos meses los pasó en el sanatorio de un afamado psiquiatra en Suiza. Su ventana tenía vistas al lago Leman y a los Alpes, un lugar de una belleza prodigiosa. En esa época empecé a visitarla de nuevo y comprendí que no viviría mucho tiempo. ¿Sabe?, es horrible ver como se consume la persona a la que amas. Usted ha tenido suerte de no verlo. Los últimos días apenas era una triste y consumida sombra de lo que había sido. Podrá vivir el resto de sus días sin esa imagen terrible en la cabeza, doctor. Sin embargo, yo arrastraré ese recuerdo el resto de mi vida.
La voz se le quebró y no pudo seguir hablando.
– ¿Julie muerta? –murmuró Sergio cuando Jacques dejó de hablar. Aunque débil, consiguió articular palabra, pero la voz que salió de él no era la suya. Era la de un hombre derrotado y sin energías -. Maldito sea, si no hubiera viajado a Salamanca para pedirle que volviera, ella nunca habría…
– Adelante, piense eso si le hace sentirse bien. Écheme la culpa, no me importa. Y si cree sinceramente que fui yo quien tuvo la culpa, enhorabuena. Créame, ni usted ni yo ganamos nada con esta historia. Ambos perdimos a Julie.
Sergio no permitió que siguiera hablando. Se dio la vuelta y se alejó con paso ensimismado y lánguido. Mientras seguía al alcance de su vista, Jacques permaneció en tensión, temiendo que de un momento a otro pudiera darse la vuelta y regresar para seguir haciéndole preguntas que, tal vez, no resultarían sencillas de responder. No pudo respirar tranquilo hasta que lo perdió de vista al doblar la esquina donde había un concurrido bistró. Pero aún era demasiado pronto para estar seguro de que no iba a volver, así que decidió llamar al camarero y pedir un nuevo café expreso con la intención de dejar pasar el tiempo y asegurarse de que lo había perdido de vista para siempre. Permaneció allí aproximadamente media hora, dando pequeños sorbos al café y lanzando ocasionales miradas hacia la esquina que había doblado Sergio. Transcurrido ese tiempo sacó el teléfono móvil y marcó el número de su mujer. Después de tres tonos que le parecieron interminables, le contestó la cálida voz que siempre conseguía hacerle olvidar cualquier problema, y al escucharla se le humedecieron los ojos. Ella se puso a hablar atropelladamente de la bebé y de lo que había hecho ese día, del precio de la carne en el mercado, de la visita a casa de sus padres ese fin de semana… Pero Jacques no la escuchaba, simplemente se dejaba acariciar por el sonido reconfortante de su voz.
– No tardaré –le aseguró Jacques cuando ella le preguntó si le quedaba mucho en el trabajo, conteniendo apenas la emoción que arañaba su garganta-. En una hora o así estoy en casa.
Y cuando colgaron supo que había vencido, que empezaba una nueva vida para ellos y que los fantasmas del pasado habían desaparecido para siempre.