Una familia normal

“Somos una familia normal”, le dije a mi padre, que arrugaba su colorada nariz de beodo mientras se esforzaba por comprender mis palabras. Estábamos sentados frente a frente, con una mesa camilla circular separándonos, y en el ambiente concentrado de su piso flotaba un intenso olor a sudor y vino barato. Supuse que habían pasado muchos años desde que no se ventilaba aquella pieza, tan pequeña y atestada de muebles viejos, inútiles, casi derrumbados, que sólo servían para acumular polvo y alimentar a la carcoma.

Las manos de mi padre temblaron al coger el vaso en el que se había servido dos dedos de ginebra (la botella se la había llevado yo como gesto de buena voluntad), y se mojó los labios, muy rojos y agrietados, como en carne viva, con aquel líquido incoloro que a mí me olía a alcohol de desinfectar heridas. Una única bombilla desnuda colgaba del techo, y la luz que proporcionaba era amarillenta y de poca intensidad. Algunos rincones de la pieza, a pesar de su poco tamaño, no estaban iluminados. Tal vez por efecto de aquella deficiente iluminación, mi padre me pareció más anciano de lo que recordaba, como si hubiera envejecido desde la última vez que le había visto; me llamaron la atención sus manos, grandes y deformadas por el reuma, y las arrugas que surcaban su rostro como cicatrices que hubiesen dejado mil arañazos. O tal vez lo que sucedía era que aquella luz tan ligera me mostraba con toda crudeza en lo que realmente se había convertido mi padre: un anciano prematuro y alcohólico que empezaba a venirse abajo como los muebles que le rodeaban. Observándole, me di cuenta de que no le debía de quedar demasiado tiempo de vida.

– Raquel y yo nos queremos –afirmé-. La amo desde que tengo uso de razón. Mi padre empezó a negar ostensiblemente con la cabeza. “No puede ser. No, no, no y mil veces no”, era lo único que le escuchaba decir. Arrastraba de tal manera la lengua al hablar que sus palabras parecían ahogarse antes de ser pronunciadas: “No quiero saber nada de eso. No, no y no”.

Apuró el vaso de un trago y se precipitó de nuevo a por la botella. Yo me adelanté a su gesto y le cogí el brazo por la muñeca, reteniéndole. Me miró con aire desvalido y empezó a farfullar en tono de súplica.

– Ahora no, padre –dije-. Primero escúcheme y luego dejaré que se quede con la botella. Será toda para usted. ¿De acuerdo?

Mi padre asintió mansamente y le solté el brazo.

Durante el último año, nos habíamos visto en una única ocasión. También estaba borracho ese día, cuando enterramos a mi madre en el cementerio municipal. Estaba tan bebido que tuve que sujetarle para que no se cayera mientras echaban la tierra sobre el ataúd en el que, por fin, descansaba ella. Él y yo fuimos los únicos familiares que asistimos al entierro, junto al párroco y el enterrador. Raquel no fue, se quedó en casa cuidando de Lucas y María, nuestros hijos. Y fue mejor así, porque resultaba imposible prever qué reacción tendría el cerebro enfermo y anegado de alcohol de mi padre cuando la viera.

– Raquel y yo nos queremos –volví a la carga con las mismas palabras, como si recitara un guión que hubiese escrito previamente-. Siempre ha sido así y siempre será así.

– Estáis enfermos –susurró. Hice como que no le escuchaba-. Estáis corrompidos por la locura, como tu madre.

No puedo tolerar que nadie falte al respeto a mi madre muerta, y mucho menos él, el hombre que convirtió su vida en un infierno. Pero esa vez decidí dejarlo pasar, respiré profundamente para serenarme, llené los pulmones con el aire envenenado y hediondo que me envolvía, y continué. Haría aquello que me había llevado hasta allí, y pasase lo que pasase después, regresaría a mi hogar junto a Raquel y nuestros dos hijos.

– No vengo a por su bendición –dije-. Sé que nunca la tendré. De todas formas, no la necesito. Usted está solo en el mundo y no le queda demasiado tiempo.

Pronto estará muerto y enterrado, como madre. Sólo que usted irá directamente al infierno, se lo aseguro. Su aprobación no es algo que yo necesite para ser feliz. Me basta con Raquel y mis hijos, ellos son los únicos que me importan.

– Estáis enfermos –repitió una vez más-. Y vuestros hijos son el fruto maldito de vuestra enfermedad.

– ¡Eso no se lo voy a permitir! –rugí-. No hay nada maldito en ellos…

Los labios de mi padre se curvaron en una sonrisa maliciosa. Sus ojos parecían haberse hundido ligeramente en las cuencas oculares, y se pasó la lengua por los labios, quizá buscando en ellos el rastro del sabor de la ginebra. Por un instante casi me compadecí de él, sentí la misma clase de compasión refleja e impersonal que sentiríamos hacia cualquier enfermo terminal que permaneciese postrado en su lecho de muerte, agonizando de fiebre y dolor. Después pensé en mi madre y en Raquel, también en mis hijos, y la compasión se evaporó sin dejar rastro, como si nunca hubiese existido. Lo único que lamentaba era que en Lucas y en María hubiese un rastro de los genes del hombre que tenía delante, al igual que lo había en mí. Si había algo maldito en nosotros, lo habíamos heredado de él.

– No he venido, como le decía, a por su bendición –continué, algo más tranquilo-. Raquel y yo nos queremos, eso es todo. No es algo que se pueda negociar.

– Raquel y tú os queréis –me volvió a interrumpir con sarcasmo-. Me da igual lo que tú y ella hagáis, siempre me lo dio y eso no ha cambiado. Desde el día en el que cruzaste esa puerta –señaló hacia fuera, hacia el lugar donde estaba el angosto recibidor-, dejó de importarme.

Sus manos acariciaron el borde de su vaso vacío, y siguió hablando:
– Recuerda lo que te dije ese día. Recuérdalo. Simplemente te di un consejo: no tengas hijos. Haz lo que creas que debes hacer, pero nunca, jamás,

permitas que Raquel se quede encinta. Por Dios bendito, te lo supliqué porque eres mi hijo. Esa fue la única cosa que te pedí. Era sencillo, no os pedí que renunciaseis a vuestro amor. Y sin embargo, me habéis desobedecido, y no una, sino dos veces.

En efecto, al año de irme de casa con Raquel llegó Lucas, nuestro pequeño hijo varón. Asistí a su nacimiento con una mezcla de felicidad y temor. Lucas, mi primogénito, fue arrojado al mundo desde las entrañas de su madre a los seis meses. Los médicos dijeron que no sobreviviría. Contra toda esperanza, Lucas acaba de cumplir dos años. No puedo describir con palabras lo orgulloso que me siento de él. Adoro su cabeza grande y alargada, su frente abombada en la que sobresale una prominencia parecida a un chichón, y que Raquel se empeña en disimular dejándole el flequillo largo, su mirada estrábica, sus orejas despegadas, y esa inocente sonrisa que desearía que no desapareciera jamás de su semblante. Allí dónde otros ven deformidad, yo sólo consigo ver el rostro peculiar de un niño feliz. Soy consciente de que hay personas insensibles que se estremecen y apartan la vista al verle pasear de mi mano, pero ellos no pueden ni imaginar que en esos momentos, al sentir el cálido tacto de su frágil manita en la mía, soy el hombre más feliz de este mundo.

– He venido a que conozca a sus nietos –dije después de una larga pausa en la que ninguno de los dos hablamos. Al fin y al cabo, por eso estaba allí: quería que viera a Lucas y María, aunque fuera una sola vez y en fotografía, antes de que su putrefacto aliento de borracho dejara de enturbiar el aire ya de por si sucio y contaminado de este mundo. No estaba demasiado seguro de qué quería demostrar con eso, pero para mí era muy importante hacerlo-. Le he traído una foto que nos hicimos la semana pasada… y quiero que la vea.

Horrorizado, levantó los párpados y abrió la boca dispuesto a protestar, mostrándome una hilera de dientes desiguales y podridos. Pero no se negó; rindiéndose, volvió a cerrar la boca y la tensión de su frente se relajó. Sin duda, mi gesto sereno y la firmeza con la que había hablado le hizo comprender que yo no me iría de allí sin cumplir mi propósito.

– Está bien, la veré –aceptó-. Pero antes, te lo suplico, déjame echar otro trago. Esta vez fui yo quien le sirvió. Incliné la botella de ginebra sobre su vaso y lo llené con generosidad hasta la mitad. Cuando retiré la botella, mi padre me arrebató con avidez el vaso y lo vació de un trago, sin dejarlo reposar. Imaginé que aquel alcohol barato que bajaba por su garganta le abrasaría las entrañas, pero no se quejó. Después de beber, pareció relajarse y en sus pupilas apareció un brillo remoto que evocaba cierta serenidad de espíritu. Comprendí que había llegado el momento de mostrarle la foto.

Me llevé la mano al bolsillo de atrás de mis tejanos y saqué la cartera. Nada más abrirla estaba la fotografía de mi familia. Verlos me serenó y acrecentó mi determinación. Deslicé la fotografía sobre la mesa camilla y la dejé al alcance de la mano de mi padre. Al cogerla entre sus dedos y mirarla, sus manos se agitaron. El brillo que había aparecido antes se apagó y su mirada se tornó triste y oscura. En la fotografía aparecíamos Raquel y yo con los niños. Nos la había hecho un vecino en la misma puerta de nuestra casa, un día que salíamos a dar un paseo antes de la hora de la cena. Raquel tenía cogida en brazos a la pequeña María, nuestro precioso y sonrosado bebé, y yo tomaba de la mano a Lucas, que fue incapaz de mirar al objetivo de la cámara a pesar de los esfuerzos del fotógrafo. Me gusta esta fotografía porque estamos los cuatro y juntos parecemos capaces de superar cualquier adversidad.

– Así que éste es el chico… –dijo mi padre después de observar el retrato de familia durante unos instantes-. Oh, Dios mío…

Pensé que iba a seguir lamentándose o añadir algo, pero se calló. Yo le quité la fotografía y señalé con el dedo a la pequeña María.

– Mírela, padre –dije orgulloso-. Esta es María. Es un bebé sano y feliz, completamente normal. Es idéntica a su madre… Seguro que va a ser una mujer hermosa como ella.

– Raquel… –dijo arrastrando las palabras con amargura, y los ojos se le llenaron de lágrimas-. No ha cambiado nada. Raquel, mi pequeña Raquel…

Se tapó el rostro con las manos para que no le viera llorar. Dejé que se desahogara. Enseguida se calmó y volvió a enfrentar su mirada acuosa con la mía.

– Por Dios, hijo mío. ¿Cómo habéis podido cometer semejante… aberración? Sin inmutarme ni darme por aludido, retiré la foto y la guardé de nuevo en la cartera, que devolví a su lugar original en mi bolsillo.

– Somos una familia normal, padre –dije mirándole a los ojos con frialdad-. Nos amamos, respeto a mi mujer, adoramos y cuidamos de nuestros hijos, intentamos ser un ejemplo para ellos… Entiendo que no lo comprenda. Eso es algo que usted jamás hizo por nosotros.

Después de aquello me levanté y, sin decir nada más, sin ni siquiera despedirme, dejé atrás aquel agujero. Sentía que, por fin, los lazos que un día me habían mantenido unido a mi padre se habían soltado para siempre. Salí a la calle para volver a respirar el aire limpio y fresco de la noche de Febrero, y regresé a casa tarareando entre dientes la melodía de una canción que había escuchado ese mismo día en algún otro lugar.

Compartir esto
  • Poesía Revista nº XXIV

    Alumbramiento

    Sobre un mar de soledad y desamparo, sin olas ni recuerdos, antes que las primeras deidades conocidas habitaran un cosmos aún ...
  • Poesía Revista nº XXIV

    Adolescencia

    Anhelo de mil labios en mi estepa entornada, mi páramo estéril de sangre frustrada; y cuanta vida hubo, pétalo de feroz ...
  • Poesía Revista nº XXIV

    Rosales

    Se agitan los prados en la deshojada corona de nuestro antiguo rosal.   Y tu frente adamascada aglutina el infinito punto ...
  • Poesía Revista nº XXIV

    Mátame

    Por eso mátame ahora, mátame entera, sin piedad, sin pena, porque prefiero morir, desangrar lo que fui, sacrificar lo que soy, ...
  • Poesía Revista nº XXIV

    ¡Ya estás grande Maura!

      ¡Ya estás grande Maura! Ya tus pechos no son nuevos, y tu mirada de inocencia, no tiene casi nada. Tus ...
  • Poesía Revista nº XXIV

    Llorarle a las flores muertas

    Tengo la vida en pausa, ¿por qué no puedo gritar? Estoy tras una mampara de cristal agitando mis puños en gestos ...
Cargar más publicaciones relacionadas
Cargar más publicaciones de Alberto Bellido
Cargar más en Cuento / Microrrelato

Dejar una respuesta

Tu correo electrónico no será publicado. Los campos obligatorios están marcados *

Puede interesarte...

Un buen viaje

Nada más ocupar mi sitio junto a la ...

Buscador

Ediciones de Revistas