Desde que en 1928 Alexander Fleming descubriera el primer antibiótico, la penicilina, hemos creído tener ganada la batalla contra los microorganismos patógenos. Y digo creído porque aunque es innegable la gran cantidad de vidas que se han salvado y se siguen salvando gracias a los antibióticos, desgraciadamente cada vez es mayor el número de especies bacterianas que desarrollan resistencia a sus efectos. Por ello, se puede decir que les ganamos alguna batalla pero aún queda lucha por delante. En definitiva, las habíamos subestimado.
En todo el mundo aparecen y se extienden nuevos mecanismos de resistencia que desafían cualquier intento de tratar las habituales enfermedades infecciosas existentes, teniendo como resultado muertes cuando, hasta hace no mucho, podían tratarse garantizando una vida normal a las personas afectadas. De alguna manera estamos volviendo al pasado y no podemos permitirlo.
Hay recientes estudios que han analizado el impacto de los movimientos migratorios en la resistencia bacteriana a los antibióticos. En España, uno de los principales aceptores mundiales de inmigrantes, se vio que la proporción de cepas multiresistentes era mayor en la población inmigrante que en la nativa. Por otro lado, se detectó que el número de enterobacterias multiresistentes en individuos españoles antes y después de realizar viajes a países con alta resistencia se había elevado desde 7,9% a 17,9%. Por tanto, los flujos migratorios no solo afectan a la aparición de enfermedades infecciosas sino también a la elección de un tratamiento efectivo. Este es un ejemplo de los muchos estudios que se han publicado sobre este tema.
Bajo mi punto de vista, es admirable su gran capacidad de adaptación y por consecuencia de supervivencia, por este motivo pienso que es incluso más admirable conseguir antibióticos eficaces contra ellos, destruirlos y sobrevivir tras su paso por nuestro organismo.
Yo personalmente, como futura médico que se preocupe por sus pacientes y cómo no como futura paciente también, confío en que podamos hacer frente a este gran problema. Tenemos que darle la importancia que tiene y ser conscientes de que no va a ser fácil acabar con esos “minúsculos bichitos” que tanto daño son capaces de provocar.
Alba Rebollo Pérez