El aroma del café recién hecho se mezclaba con la esencia de una fresca noche de verano en Berlín, una noche en la que las estrellas brillaban con gran intensidad en el despejado firmamento. Hanna vierte el café en un par de tazas y juega a ahogar los desafortunados terrones de azúcar en una oscura marea 100% arábiga. Sus ojos avellana se pierden en el vaivén de una vieja cuchara de plata y su mente se despeja, se marcha lejos por unos segundos. El balanceo de la cuchara se ralentiza mientras deja que su cabeza intente descubrir los más oscuros secretos de la vida, el porqué de todo.
-Hanna, ¿Estás bien?
La voz de Otto retumba en la lejanía. Es como si la joven se hubiera desvanecido durante unos minutos. Su mirada sigue fija en la taza, como si en los posos del café se hallaran todas las respuestas que con tanto anhelo buscaba, que con tanta desesperación necesitaba.
-¡Hanna!
El grito sordo de Otto hace que la joven despierte de golpe, tan grande es su sorpresa que la pobre taza está a punto de morir contra el gélido suelo de mármol.
-Sí, ya voy.
Hanna envuelve su desnudo y delicado cuerpo cuidadosamente en una de las arrugadas sábanas que yacen en la encimera de una cocina sin dueño. Camina descalza y se desliza con suma delicadeza sobre la estropeada madera de aquél abandonado apartamento. Otto la observa aparecer por el pasillo. A sus ojos, aquella era la mujer más hermosa sobre la faz de la tierra. Incluso en aquella terrible situación su presencia era impecable, incluso se atrevía a etiquetarla como elegante. Hanna deja caer sus debilitados huesos sobre el deteriorado sofá, un viejo mueble que en sus mejores años fue un símbolo de riqueza y comodidad. La joven intenta relajarse, pero no puede evitar sentirse incómoda al ver como su pronunciada rótula se insinúa entre la desgarrada sábana he intenta con las pocas fuerzas que le quedan esconderlade la preocupada mirada de su novio. Otto detecta el desagradable sentimiento que la corroe por dentro e intenta por todos sus medios que desaparezca. Tímidamente eleva la huesuda mano de la joven y posa sus irritados labios sobre la áspera piel que tanto desea.
-¿Me das un poco de café?
Ella le cede con inseguridad la taza mientras intenta disimular los temblores. Sus ojos intentan esconderse de la mirada de Otto, pero sabe que sus esfuerzos son en vano.
-Ten cuidado, está caliente. – Su voz se quiebra ante la silenciosa e incómoda atmósfera de un abúlico y polvoriento apartamento dueño de nadie, y a la vez dueño de todos. – Espero que te guste. Apenas queda azúcar.
-No te preocupes, seguro que me encanta. – Otto sorbe el espeso e insípido mejunje con cuidado. – ¿Lo ves? Delicioso. – La observa con detalle. – Mi amor, ¿Qué te ocurre?
-¿Qué me pasa?- Hanna suspira entre asombro y desesperación mientras se aparta con descaro del joven. – ¿Es enserio? ¡A ti que te parece! Pues lo mismo de siempre Otto, me pasa lo mismo que hace un año. Un año Otto, llevamos doce meses viviendo una mentira. Llevo trescientos sesenta y cinco días viviendo escondida como un perro en este mugriento apartamento que se cae por pedazos. Claro, tú estás perfectamente porque puedes salir a la calle y puedes hablar con tus amigos y puedes tener contacto con tu familia. – Empieza a liberar una lágrima tras otra mientras se ahoga en una voz de auxilio que sabe que nunca será escuchada. – ¿Pero dónde están mis amigos? ¿Dónde están mis padres, que habrá sido de mi hermana? ¿Acaso siguen vivos después del ataque del 10 de noviembre? Ni si quiera puedo permitirme en lujo de averiguarlo.
Otto siente como el mundo se derrumba ante sus pies, y lo peor de todo es que sabe que no puede hacer nada para evitarlo. Se acerca cuidadosamente y roza levemente el muslo de la joven, pero esta se levanta rápidamente y empieza a dar vueltas alrededor de una habitación vacía, una habitación en la que esas cuatro paredes se han convertido en su hogar, en su rutina, en su vida.
-No puedo vivir así Otto. De verdad que no puedo más. Y todo esto empezó cuando te convertiste en un nazi, como todos esos supuestos amigos que tienes. Lo único que ha hecho es traernos más problemas. Prefiero morir antes que seguir encerrada aquí dentro. Y lo peor de todo es que tú no haces nada al respecto.
-¿Te crees que esto me gusta? – Otto salta atormentado del sofá. – ¿Acaso crees que esta es la clase de vida que deseaba para nosotros? Estás loca si por un minuto has pensado que soy feliz. ¡Claro que no lo soy! Lo único que deseo es poder sacarte de aquí y poder vivir de verdad. ¿Es que no te das cuenta? Lo único que quiero es mantenerte a salvo.
El joven rompe a llorar. Se produce un incómodo silencio perturbado por un incontrolable sufrimiento. Otto se acerca con cautela y la esconde bajo sus brazos.
-Sí me apunté al partido ha sido para poder protegerte, para evitar que algo malo pueda ocurrirte. Esta es la única manera de controlar sus movimientos, de saber cuáles son sus planes. Y lo siento, lo siento muchísimo porque sé que no eres feliz, y eso es lo que peor llevo. Prometí que siempre te haría feliz y no he podido cumplir mi promesa. Lo siento muchísimo amor.
– No vuelvas a disculparte. – Hanna se incorpora y posa su escabrosa mano sobre el húmedo rostro de Otto. – La que tiene que disculparse soy yo. Siento echarte en cara todo esto, porque sé que no es tu culpa. No es tu culpa que yo sea judía y que tú seas alemán. Sé que me quieres, y te agradezco todo lo que haces por mí, pero tienes que entenderme. No puedo más Otto.
Los dos dejan morir sus lamentos en un interminable abrazo seguido de un beso cargado de insoportables sentimientos. Un beso en que hay amor, pero en el que también hay dolor. Un beso en el que hay esperanza, pero en el que también hay miedo. Un beso en el que hay paciencia, pero en el que también hay desesperación. Un beso lleno de vida, pero que a la vez no puede traer más que muerte.