Alfil toledano

Por san Martín, cuando se matan los puercos, madre e hijo, Alfil Toledano y Martina de Moscas, ladronzuelos, marcharon al mercadillo de los miércoles, instalado en la Plaza de los Poetas, en Burgos capital, para ver de coger algún bolso o cartera.

Viendo cómo en un puesto de ropa y de calzado, lugar idóneo para poder alargar la mano, se amontonaba la gente, se acercaron, introduciéndose entre ellos, escuchando cómo las mujeres discutían los precios, diciendo que era imposible que fueran tan caros, que mirase bien, que sería menos. El dueño fue bajando el precio, hasta que un hijo de él dijo:

-No achique más, padre.

La madre, Martina de Moscas, viendo el bolso de una señora abierto, se adelantó a su Pascua y, metiendo la mano en él, sacó una cartera que de seguido se metió en el escote, con movimientos como si se estuviera ajustando el sujetador. Más, como “no hay chorizo que no caiga de su palo de secar”, una señora vio los movimientos de la mujer, sabiendo, al instante, lo que había hecho. Aunque calló, porque su ánimo no tenía jurisdicción para chivarse y menos para castigar; y, tampoco, le rogaría que le admitiese entrar en partes, como hacen los de las tarjetas “black”.

No obstante, y puesto que el robo se le hizo a la mujer de un concejal de Urbanismo, ésta, al darse cuenta, gritó que le habían robado, acercándose, al momento, unos números de la policía ciudadana, que merodeaba por el lugar, conocedores de las personas que podían tener ese divertimento de hurtar.

Como por azar, y, más, por un chivatazo de un cura que se hallaba allí y que había advertido algo raro en la mujer y el hijo, diciéndose a los guardias, estos pidieron paso entre los paseantes del mercadillo, acercándose y rodeando a esta madre e hijo que ya tenían fichados por tener cariños a riqueza y carteras ajenas, diciendo, para amedrentarles, “aquí venimos con porras”.

Les llevaron a la “cantarranas”, furgoneta donde canta la rana y donde se celebra siempre la suelta de la gallina. Allí, como jueces y verdugos, cogieron al crio, ordenándole que cantase la rana y que soltara la gallina, dándole de pescozones, tirones de orejas y algún porrazo en las costillas, advirtiéndole de que “hasta que no sueltes la gallina, no te dejaremos tranquilo”.

La madre, con mucho dolor, suplicaba a los guardias que no pegasen más a su hijo, y al hijo que, por favor, soltara la gallina. El hijo, cansado ya de tanta tortura y desprecio oficial, conteniendo las lágrimas y secándose los mocos con la manga del jersey, ya harto, exclamó:

-Madre, pero madre, como quiere que entregue a los guardias la cartera, si la tiene usted.

Los guardias recriminaron mucho a la mujer su maldad para con el hijo, y, sobre todo, el haber consentido el potro del dolor y humillación al que habían sometido a Alfil Toledano, que salió con daño y pérdida por no aceptar y cantar el hurto su madre, Martina de Moscas.

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