I
Deje el plato a medio comer. Salí a la calle muriendo a pedazos. Mierda la cagaste. Sabías que tarde o temprano te iban a pillar. Eres tan obvio, tan básico, con esa estúpida sonrisa que llegas a las seis de la mañana. Esas excusas que nadie te cree. Esos amigos invisibles con los que bebes y que nunca más vuelven a aparecer. Ni tú mismo te la crees y ahora que las cuotas del carro se iban terminando. Ese carro que está a nombre de ella porque lo tuyo es mío y lo mío es tuyo. Pero sobre todo la frustración de ser atrapado por minucias, por una distracción de principiante. La rabia de ser tan idiota, tan guevón. Maldito Facebook. Existe algo en los ojos de los perros en la tarde de Bogotá mientras llueve y el sol se va escondiendo. Existe algo en esa canción que se añora y se tararea con gusto. Existe algo en esa mirada de una mujer cuando te dice: —Te voy a abandonar. No quiero seguir con esta mierda. Es algo real. Tu amor fue lo más real que tuve en la vida. ¿Pero qué es lo que pasa conmigo? Mi cuerpo me traiciona fallándole a la mujer que amo y ese mismo cuerpo en unos años me fallará físicamente cuando intente amar, tener sexo con alguien más y ya no pueda. Me debes estar odiando y yo también me odiaría si fuera tú. Quizás te lances desde el décimo piso pero eso sería una mierda que me tiraría de por vida a un hospital psiquiátrico para no levantarme nunca más. Pero tú no eres así. No está en tu carácter ni en tu espíritu. Eres hermosa, inteligente y trabajadora. Suficiente para vivir una satisfactoria y buena vida. Se lo que va a suceder. Te vas a ir. Te diré que no. Suplicaré de rodillas. Lloraré. Les diré a tu hermana y a tu padre que intercedan por mí. También le diré a mi hermana que es como tu mejor amiga. Te amenazaré con quedarme con el perro pero todos sabemos que el perro se ira contigo. En algún momento pensaré que está bien que te vayas. Me sentiré liberado. Tendré el apartamento vacío solo para mí. Le arrendaré una habitación a un amigo que le gusta la rumba pesada. Pondré un aviso. Le arrendaré a una hermosa bisexual y la otra habitación (la del fondo) a una bella lesbiana. Veras las rumbas que me fajo. Beberé todo el aguardiente que pueda. Gastaré todos los ahorros en trios, alcohol y drogas. Los vecinos se quejaran del ruido y de las fiestas. Al amanecer terminaré llorando. Cantaré canciones de despecho. Esa suerte que tuve de haberte conocido. Pelearé con cualquiera por cualquier motivo. Pataletas. Se reirán de mí. Terminaré dormido y borracho en cualquier esquina.
II
Estaba almorzando en el comedor, llegué con hambre y me había alcanzado a mojar un poco, tenía sed. La ciudad oscura. La lluvia golpeando las ventanas y las nubes grises a través del piso decimo en un edifico del centro, hacían (si acaso es posible) la escena más hostil. Ella salió del cuarto dramáticamente y presentí lo peor. Algo en el estómago entre el hambre y la rabia se mezclaron cuando ella empezó a poner las fotos una a una, como en un juego de póker, rodeando mi plato de comida. Despacio. Poniendo a la vista las pruebas de lo que ambos sabíamos desde hace un tiempo: Ya no te amo y te estoy traicionando. En la serie fotográfica aparecía yo (en nuestro carro) besándome apasionadamente con una hermosa niña sexy con algunos pearcings y tatuajes en los brazos, con unos gigantes ojos verdes y un cabello dorado que te hacía pensar que todo iba a estar muy bien. Don’t worry about a thing. ‘Cause every little thing gonna be all right… y que cuando bailaba y sonreía así con esos ojitos cerrados te hacía pensar que no importaba nada. Qué podías perder un brazo. Qué te podías quedar en la ruina. Qué podías pelear con esos tres cabrones que la miraban morbosamente. Qué te podían despedir del trabajo por estar tomando con ella todos los días. Pero no importaba nada mientras ella pudiera sonreír por un rato más. Las fotos seguían cayendo sobre la mesa como pequeñas punzadas dolorosas en mi cabeza. Maldito Facebook.
— ¿Quién es esa puta?
— Nadie.
— ¿Cómo así?
— No sé.
— ¿Me va a negar que es usted y que ese es “nuestro” carro?
— No. No me acuerdo.
— No sea cínico. ¿Esta foto es en melgar no?
— Tengo hambre
— ¡Tiene algo para decir diga algo. Hable. Porque se quedó callado. Le comieron la lengua los ratones. ¡Diga algo, lo que sea!…
— Esa impresora de tu oficina tiene una resolución de putas para las fotos.
III
Resignado pero con orgullo te pediré el favor de que no te lleves la nevera ni el televisor. Que te lleves todo lo demás incluso el carro (con el que has podido conquistar a aquella muchachita) —Tranquilo, yo te dejo como un rey. — me dirás con una sonrisa sencilla, y yo te creeré, pensaré que aun sigues siendo esa gran mujer. Tan buena como siempre. El día de la mudanza llamaré a un amigo para tomar cerveza un sábado en la tarde mientras te llevas las cosas y volveré al apartamento en la noche y le preguntaré al portero que fue lo primero que sacaron. Él me dirá que lo primero que metieron al camión de la mudanza fue la nevera y el televisor. La primera noche será la peor. Tendré un cable tirado en el piso y una serie de dvds, cds y libros sin repisa regados por todo el apartamento como cubriendo una herida de un piso muerto y desangrándose. Una herida sin dueño que va más allá de un colchón tirado en el piso y dos tablas desvencijadas al lado de la cocina. Esa noche hará más frio que de costumbre y los silencios del cigarrillo no te dejaran dormir tranquilo hasta entrada la madrugada. Atardeceres llenos de melancolía. Recordando tus pies junto a mis pies. Las películas que veíamos juntos. El sexo. Ese pollo del domingo encima de la cama. Ese desorden de un lunes festivo. El parque. Las veces que cocinábamos y como se te iluminaban los ojos cuando yo te enseñaba cualquier tontada. Los paseos. Machu Picchu, Cuba, Taganga, Buenos Aires. Las lágrimas de una noche triste y solitaria. Sin dinero pero juntos. Jodidos en una carretera un 31 de diciembre de un año cualquiera. La noche. Como domábamos esta ciudad oscura y furiosa. Cuantos amaneceres saliendo de bares clandestinos. Cuantos cigarrillos. Cuantos trancones y peleas y la música a todo volumen. Esas calles frías. Esos aguardientes en Lourdes. Es una lástima, con lo bien que la pasábamos juntos. Me ensañaste Newton Rhaplson y yo te enseñe la segunda derivada de Bolaño que no es Borges sino Stevenson. Tú me leías los poemas que empecé a publicar y me preguntabas siempre sobre mi máxima aspiración de contar en poemas un país demente, una locura difícil de explicar que se siente en las páginas judiciales y en las noticas de la noche. La primera vez que bañamos el perro en el apartamento y después todo el jabón y el desorden, fuimos felices, la primera vez que supe que te amaba, después de caminar sin rumbo fijo durante más de tres horas de mi barrio a tu barrio. De donde sacaste las fotos ¿Por fin conseguiste el Facebook de ella? Lo venias buscando hace un tiempo Mierda si tienes el perfil de ella (de donde sacaste las fotos) ya debes saber que está embarazada. Mierda, mierda, debes saber que tiene cuatro meses de embarazo y yo soy un hijo de puta porque te hice abortar hace un par de años cuando comenzamos a vivir juntos. Eso no se hace. Las cosas están muy mal. No te merezco. Voy llegando a mi vivienda. Creo que la lluvia hace que una multitud se agolpe cerca de mi edificio. El rostro del celador me intenta decir algo que ignoro. No tengo ánimos de hablar con nadie. Quiero llegar a mi apartamento. Pido el ascensor. Se abren las puertas y entro. Aprieto el número del piso decimo y presiono rápido y varias veces el botón para cerrar la puerta. Esta vez, no quiero que nadie suba conmigo.
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