Nada más ocupar mi sitio junto a la ventanilla del autocar, recliné ligeramente el asiento y apoyé la cabeza en el respaldo con la esperanza de pasarme la mayor parte del viaje durmiendo. Me había levantado temprano para desplazarme hasta la estación de autobuses, y tenía por delante un largo viaje de seis horas que me llevaría desde Madrid hasta el apartamento que tengo en la playa, donde me aguardaba una semana de descanso. Empezaba el viaje con esa alegre expectación que precede a las vacaciones, y en mi imaginación visualizaba claramente la imagen de un magnífico paisaje inundado de sol frente a un mar de aguas azules y suave oleaje. Con esta agradable evocación me quedé dormido antes de que el autocar se pusiera en marcha. Cuando algunos minutos más tarde me desperté, estábamos en la autovía y Madrid era ya un lejano rumor de tráfico y voces malhumoradas que se apagaba dentro de mi cabeza. A mi lado se había sentado un hombre de unos cuarenta años, menudo y de aspecto pacífico, que leía un libro. Aparté rápidamente la mirada cuando el hombre levantó la vista del libro, ya que no quería pasarme las siguientes horas enfrascado en una interminable conversación que ninguno desearía, pero que seríamos incapaces de interrumpir sin parecer maleducados.
Atrás quedaba una agotadora época de trabajo en la oficina. Como las ventas durante el último trimestre habían disminuido significativamente –ese, al menos, fue el argumento utilizado por el Director General-, media docena de empleados habían sido despedidos, y los que quedábamos trabajábamos con la insufrible tensión de saber que cualquiera de nosotros podría ser el siguiente. Nadie podía estar seguro y el clima en la oficina resultaba irrespirable. Al llegar las seis, la hora de la salida, nadie se movía de su puesto de trabajo. Unos y otros intercambiábamos miradas recelosas por encima de la pantalla del ordenador, esperando que fuera otro el primero en levantarse, convencidos de que sobre él recaería la maldición de la llamada telefónica de Recursos Humanos y la cola del paro, y así el resto podríamos respirar aliviados aunque únicamente fuera durante una semana más.
La circulación era fluida y en poco más de una hora nos encontrábamos recorriendo a buena velocidad la monótona llanura manchega, abrasada por el violento sol de Julio. A pesar de estar agotado, no conseguía dormirme. Cerraba los ojos para intentar conciliar el sueño, el ligero movimiento del autobús en marcha me mecía durante algunos minutos, pero enseguida volvía a abrirlos. Después de intentarlo durante varios minutos, decidí desistir y saqué de la mochila que llevaba entre mis piernas el libro que estaba leyendo en aquellos momentos. Me quedaban poco más de cien
páginas para terminarlo, y si lo había dejado en el momento más interesante era para saborear el final durante las vacaciones. Un buen libro, una cerveza fresca, mujeres en bañador, el mar y el cielo uniéndose en el horizonte, ¿acaso se puede pedir algo más para ser feliz?
Pero tenía muchas horas por delante sin nada que hacer y no pude esperar más. No sé cuánto tiempo pasé enfrascado en la lectura, pasando una página tras otra con avidez. Después de leer la última página, percibí esa punzada de nostalgia anticipada que te queda al despedirte de unos buenos amigos con los que has pasado una época inolvidable y a los que sabes que no volverás a ver en mucho tiempo. Cerré el volumen, lo dejé caer sobre mi regazo y me volví para mirar por la ventanilla y contemplar el paisaje. Una nítida luz dorada descendía sobre la amplia llanura de campos de cereales y vid que atravesábamos, y cada cierto tiempo aparecía en la lejanía un grupo de casas blancas alrededor de un campanario, o arboledas y huertos que añadían una agradable nota de inesperado verdor. Por increíble que pueda parecer, la contemplación de aquel mundo anclado en un pasado remoto en el que no existían ni expedientes de regulación de empleo ni psicoterapeutas ni diazepan, un mundo en calma consigo mismo a pesar de estar condenado a la extinción, me producía una agradable sensación de bienestar.
Algunos kilómetros más adelante hicimos una parada en un área de descanso de la autovía. Veinte minutos para estirar las piernas, visitar los baños, tomar un café o un bocadillo en la cafetería, y reponer fuerzas para el último tramo del camino. Fui a pedir una Coca-Cola al mostrador, y mientras esperaba a que me la sirvieran llegaron dos chicas extranjeras, norteamericanas o inglesas, que viajaban en el mismo autobús que yo. No había podido evitar fijarme en ellas cuando subieron, imposible no mirar a aquellas dos preciosas chicas rubias de piel muy blanca que por la edad parecían dos universitarias recorriendo España en viaje de fin de estudios. La chica más alta me sonrió al situarse a mi lado, y yo le devolví la sonrisa con una ligera inclinación de cabeza. Lamenté, como hago siempre, no tener la aguda inteligencia y el descaro suficiente para acercarme a ellas, y mientras lanzaba ocasionales miradas furtivas tuve que esforzarme para alejar de mis pensamientos la escena de un imposible final de jornada bañándonos los tres desnudos en las templadas aguas del Mediterráneo. Regresé al autobús y ocupé mi asiento animado con la idea de continuar el viaje. Nada parecía amenazador en aquellos momentos, y no me importaba pensar que todavía quedaban más de dos horas por delante. No había nada urgente que hacer, ninguna llamada que atender, ninguna reunión inaplazable. Simplemente tenía que dejarme llevar por aquel autobús sin prisas ni preocupaciones hasta mi destino. El viaje de regreso era una leve amenaza que aparecía a un millón de años luz de distancia. De
repente, el recuerdo de la última época en la oficina parecía algo lejano, insignificante, ajeno a mí. Costaba creer que hacía apenas un par de días me echara a temblar al encender el ordenador y abrir el correo electrónico. Me asombré al pensar en las cosas que ocupaban la mayor parte del tiempo de mi vida: tristes preocupaciones, batallas inútiles, ansiedad y aburrimiento.
– Parece que vamos a tener suerte con el tiempo –escuché decir a mi compañero de viaje. Había guardado su libro en alguna parte y me estaba mirando con una expresión afable y relajada en su rostro. Parecía un buen tipo, alguien a quién le acabarías contando tus problemas más íntimos si te detenías a charlar con él el tiempo suficiente-. ¿Va a pasar unos días a la playa?
– Tengo una semana de vacaciones–dije-. Hace más de un año que no veo el mar, así que no pienso hacer otra cosa que pasarme las horas tumbado al sol y refrescándome en el agua. Solo eso. No tengo ganas de hacer nada más.
– Bien hecho. No se me ocurre un plan mejor. Nada como contemplar el mar y escuchar las olas, ¿verdad? Es imposible no sentirse optimista viendo ese espectáculo. Incluso en las peores circunstancias. Puede parecer ridículo, pero cada vez que voy a la playa vuelvo a sentirme un poco como un niño.
Asentí con la cabeza.
– No me parece nada ridículo. Es curioso, jamás lo hubiera expresado de esa forma. Pero creo que así es más o menos como me siento.
Durante lo que quedaba de viaje mantuvimos una larga conversación. Aparecieron los temas insustanciales habituales entre dos desconocidos que no tienen nada en común, pero no me resultó molesto ni embarazoso como me temía al iniciar el viaje. Me pareció que no había nada malo en hablar por hablar con un desconocido. También hubo tiempo para que aparecieran los temas serios de la vida. Hablamos de baches económicos, proyectos y esperanzas. También de la velocidad con la que pasa el tiempo y las ilusiones perdidas. Cuando faltaban pocos kilómetros para llegar a nuestro destino me confesó que acababa de separarse de su mujer y que era la primera vez que viajaba sin ella. Su voz sonó triste al decírmelo, pero enseguida se sobrepuso. Ya se sabe, las mujeres son así, fue lo que dijo. Claro, las mujeres, asentí. Se notaba que no deseaba hablar más de ese asunto, y yo agradecí que quisiera evitarlo. Esa fue la única vez en todo el viaje en la que pensé en Mónica. Me pregunté si me habría curado sin darme cuenta, aunque sabía que aún era demasiado pronto para estar seguro. Volvimos a hablar de fútbol y política, música y cine, y así, charlando y esforzándonos por mantener alejados nuestros demonios íntimos, llegamos a la nuestro destino pasadas las dos del mediodía.
Bajamos juntos al andén de la estación de autobuses, donde recibimos un sofocante golpe de aire cargado de humedad y aroma a brisa marítima. Tuvimos que esperar a que se disolviera el revuelo que se había organizado en torno a la bodega del autobús para recoger los equipajes, y cuando los demás viajeros empezaron a dispersarse nos acercamos a retirar tranquilamente nuestras maletas.
– Muy bien –dijo mi compañero de viaje con una entonación optimista en la voz después de hacerse con la suya-. Espero que disfrute de su semana de vacaciones.
– Igualmente –dije yo.
Nos dimos un rápido apretón de manos y nos dijimos adiós. Le vi alejarse en dirección al edificio de ladrillo de la estación arrastrando su maleta roja con ruedas. También vi pasar a mi lado a las dos chicas extranjeras, con las melenas rubias agitándose con su paso ligero y sus maravillosas piernas embutidas en ajustados pantalones vaqueros azules. Me entristeció pensar que no volvería a ver a ninguno de ellos. Noté de repente que la fatiga empezaba a apoderarse de mí. De pie en el andén, con la mochila cargada al hombro y la maleta apoyada en el suelo, balanceándome ligeramente sobre los talones, como indeciso de hacia qué dirección dirigir mis pasos, esperé a que se vaciara con una nueva sensación de aprensión aleteando en mis tripas. Una vez en tierra, volvían a asaltarme mis viejos y familiares temores. Pero fue solo un momento, un instante de debilidad, una nube pasajera que oculta durante unos segundos el sol en una espléndida tarde de primavera. Lancé una última mirada al autobús y eché a andar en la misma dirección que habían tomado todos los demás con una renovada confianza en mí mismo. Solo tenía que preocuparme por el momento presente, vivir exclusivamente para hoy mismo, para ese instante fugaz, y no depositar ninguna esperanza ni temor en el inexistente futuro. Ese era mi único plan para los próximos siete días. Y, por una vez, estaba convencido de que me saldría bien.