Una noche emprendí un viaje,
sediento de amor llevé conmigo,
la desazón como un ropaje,
y un ansia culinaria de castigo.
Cabizbajo crucé con calma,
colinas, mares, monte y ríos,
soportando sobre la espalda,
la crudeza irredenta del hastío.
Al precipitarse trémula la noche,
cobarde atracaba una fe ilusoria,
y un dolor convertido en reproche,
por la congoja de un ser sin historia.
Pero una Lunecida tarde llegué a ver,
ya cansado un remoto desvío,
la razón negada de mi ser,
en las gotas suaves del rocío.
Aprensivo caminé disfrazado,
sudor de hierro sangraba mi frente,
tronaba impasible un cielo nublado,
como un eco senil y estridente.
Tras de mí la absoluta nada,
a los costados impregnado el dolor,
mas enfrente, en silencio e inmaculada,
la luz boreal descubriendo una flor.
Y luego comprendí que mi viaje,
no se trataba de encontrar un camino,
sin importar el disfraz o el ropaje,
la rosa siempre estaría conmigo.