Caminando entre soledad y rocío,
entre gigantes de hormigón y naturaleza desarraigada, que se encuentra perdida
en un mundo en el que no encaja.
Estrechos puentes de acero,
que cruzan infinitas extensiones de agua limpia y pura, agua que nos da la vida,
jugamos a ser dioses, pasando por encima de ella.
Pequeños pero suntuosos seres viven en ella, ataviados con coloridos vestidos, se
pasean con calma dejando a su paso surcos atenuados de vida.
Caminos sobre hierba,
líneas rectas antes inexistentes,
obra de los nuevos colonizadores de la naturaleza, acaudalan el paso del hombre
por la tierra.
Fijando la mirada a través del vidrio reluciente, se vislumbran troncos llenos de verde,
en sus copas, pájaros anidados, en sus raíces, pequeños roedores, en su tronco,
hachazos sin mesura.
Pequeñas aves piando en sus robustos hogares, agitándose de rama en rama, se
cuentan cuan ha cambiado el paraje, de verde a gris, de vida a muerte.