Se busca un hombre para picnic
Escribiría un panfleto, pero no.
Mejor diré que no entiendo a los hombres.
No los entiendo cuando me piden tregua
Cuando, letra por letra, gritan T-I-E-M-P-O!
Y les doy tiempo, el que necesiten
-nunca es bastante, yo no se lo recuerdo-
y me confiesan, pasado ya el momento oportuno,
si lo hubo, que no comprenden por qué bajé los brazos
y dejé de luchar. Que fui cobarde.
No entiendo a los hombres cuando llaman
desesperados, o eso me parece, a mi puerta
y me miran a los ojos, o eso me parece,
y me ruegan encarecidamente,
palabra por palabra, y lo dejan por escrito,
que no me vaya nunca, que siempre esté.
A veces no los conozco mucho,
pero no digo tu cara no me suena.
Digo, toma un café y siéntate tranquilo.
Tengo hipoteca por veinticinco años.
Ni pienso irme ni puedo, ya lo ves.
Entonces ellos se levantan,
dejan de sollozar muy dignos
se van y ya no dicen nada.
No los entiendo cuando gritan horror
cuando gritan horror y yo lo veo
y dejo el aceite sin pensar
hirviendo en la sartén
y me alejo del fuego
y dedico unos minutos o una hora
en exclusiva a besarles la cabeza
y decirles que ya pasó, que no ha sido nada.
Se me escapa su cabeza entre los dedos.
Y a lo lejos pregunto si están bien
y ya no me contestan.
Si dicen se acabó, mejor seamos amigos,
no siempre, pero alguna vez lo pienso
y concluyo: tienes razón en que esto se ha acabado.
Entonces, esas veces, no comprenden
por qué no me abalanzo sobre ellos.
Por qué no ruego, por qué no les asalto.
A veces me escriben un mensaje después de tantos años,
preguntan cómo mandarle flores a una iglesia
señalando que viene Mou, que estáis en decadencia
que no dejes, por favor, de contestarme.
En esos casos, pienso que quieren llamar y no se atreven
y en cuanto leo el mensaje, llamo yo.
Pero ni me lo cogen ni luego me devuelven la llamada.
Desistí de entenderlos hace tiempo,
pero me gustan, son criaturas hermosas
Desistí de encontrar un hombre para todo
a quien dejar notas en el espejo o bajo el imán de la nevera,
que me quite el cansancio con mirarme
los días que no me caben los pies en los zapatos.
Busco más bien un hombre para picnic,
con su mantel de cuadros,
otro que cuando escribo,
me pueda leer el alma
como en una carcasa transparente,
otro que tenga talento
para marcar con risas el absurdo del mundo,
un buen conversador, otro que me despierte las palabras,
otro que me despierte la conciencia.
Un soñador, uno con los pies en el suelo,
otro que me busque la voz cuando toca la guitarra
y otro que me abra la puerta de su casa algunas noches,
que me bese los párpados y que de veras sepa,
con masaje en la nuca incluido,
cómo se hace una trenza.