DEL POEMARIO «DE VUELTA A CASA» (2002)
Mi mano
Mi mano nunca siembra,
mi mano mata,
se suicida lentamente,
como la última nota de una marcha fúnebre.
Mi mano es un racimo de balas,
cuchillos afilados que cortan las venas,
pastillas que dan alas a la muerte,
corales rotos inundados de rocío.
Sueño
No me importunes con tu canto,
no quiero despertar del sueño eterno del silencio
Déjame dormir ahora
antes de que tenga que partir hacia el misterio.
Déjame guardar los baúles de mi vida,
recoger los recuerdos, pagar las cuentas,
regalar las pocas flores que han sobrevivido al otoño.
No me despiertes todavía de este sueño,
no estoy lista para volar tan lejos,
me falta repartir el pan, visitar a los peces,
para cuando despierte
las alas ya estén bordadas
y mi cuerpo repose tranquilo.
De vuelta a casa
De vuelta a casa.
De nuevo habito esta tierra de sangre.
Me da la bienvenida la soledad,
ella lleva un sombrero de paja
y bajo el sol cultiva sus flores.
Mi cama es el lecho de los gusanos,
la angustia de la mariposa
encerrada en mi cabeza.
Mis ojos son dos cuencas vacías,
acaso la habitan lagartos que se destruyen.
De vuelta a casa.
Los sueños son horribles,
las palabras destilan veneno.
Mi cama es un hoyo
y yo soy el gran vacío,
la alfombra gastada,
el moho de las tuberías,
la mancha de las paredes, la suciedad del piso,
la telaraña del techo.
De vuelta a casa.
Bienvenida.
DEL POEMARIO «DESNUDA» (20005)
Todo era nostalgia
La mujer que lee a Mrs. Dalloway pensó
que todo era nostalgia esa mañana.
Desde el pétalo que la rosa aun no ha perdido
hasta el espectro cuarteado de su sombra.
Todo era pequeñez en su universo,
un montón de insignificancias que agigantan la tristeza,
el dejo de ilusión que se llevó las horas,
las margaritas que envejecen en los surcos de su ojos.
Todo era nostalgia, vaguedad de la memoria,
el cansancio que desfloró a sus miembros.
Ya no hay porqué falsear una pose,
inventar paraísos o forzar el encuentro,
todo se ha perdido en la conflagración del roce.
Y ahora, la mujer que lee sabe que la mancha
que olvidó el café tiene su historia
y que todo lo que adorna su estancia,
desde las notas musicales del piano que duerme,
hasta la sombrilla que se desagua en una esquina,
sólo es un pequeño fragmento del ayer
y nada, ni siquiera la nostalgia,
traerá de regreso el ansiado fulgor
que han perdido cada una de esas cosas.
Pertenencias
A ratos siento que nada me pertenece
ni siquiera la cordura.
Todo se pierde en el beso,
en la nostalgia de los años,
en el tímido rumor de la alegría.
A ratos la canica se olvida que rodar
era su juego preferido
y se consuela en el rincón
en donde guardo todos mis enseres.
La vida dejó de correr,
olvidó que existían los propósitos
y se rindió con pesadumbre
en el paraje más cercano;
sin exigir explicaciones, sin mediar acuerdos,
simplemente se cansó de correr tras utopías.
Así se me cansaron las cosas,
los recuerdos, el cuerpo, las ideas,
y el amor pasó a ser una postal
que no logro precisar en mi memoria.
Desde entonces, a ratos pienso
que nada de lo acumulado ha sido mío
y que “tener” es un verbo demasiado inmenso
del que tan sólo conozco sus orillas,
sus bordes generales,
su inconstancia y su afán de seducción.
A ratos
este todo del que a veces presumo
se disuelve sin nostalgia y sin remedio
en el huerto que me espera
cuando nada alargue la costumbre.
Canto al amor desconocido
Aún mis rosas no han florecido en tu suelo,
ni mi piel ha rozado tus caderas
y mi labio no ha bebido tus recuerdos,
pero te siento cercano a mi pecho,
tímido y rúbrico entre mis manos,
enredado a mis costillas y a mis sienes,
desnudando las humedades de mi cuerpo,
bebiéndome las aguas, fabricándome el pan,
devorándome las flores y los peces.
Así te presiento y te deseo
a pesar de la distancia y de los años
a pesar de la fatalidad que nos separa.
A pesar de todo eso te imagino
apretado a mis flores y a mis ansias.
Y así se me antoja quererte,
sin ni siquiera haberte dibujado,
sin haberme estrellado entre tus olas,
sin haberte conocido y olvidado
ya te he tenido y te he amado
porque tu nombre es una huella que arde
sobre la carne palpitante de mi alma.
DEL POEMARIO «ROSA ÍNTIMA» (2007)
Costura
No tengo hilo y aguja en casa.
No puedo coser la camisa rota, el suéter viejo,
los calcetines blancos.
No puedo atar los cabos o empalmar las reglas.
no consigo unir nada de lo mío ni de lo ajeno.
No hay nada para dedicarme a la costura,
para sentarme sobre el sofá azul o la mecedora vieja
y tejer los días, remendar las cicatrices,
resolver acertijos,
volver a ensamblar las partes del amor.
Este apartamento se vuelve grande, frío y confuso
como las ventiscas de nieve que acechan el invierno.
Los cojines duermen, la cafetera no grita,
el marido no llega.
Estoy sentada frente a la pared blanca
sin nada qué hacer más que contar las grietas,
medir los orificios, perseguir alguna hormiga,
inventarme algún quehacer o liberar a mis fantasmas.
Quizás resuelva salir hasta la mercería
y comprar los hilos que me urgen,
las agujas que necesito para arreglar las cortinas,
tejer la oscuridad y la nostalgia,
coserme el corazón y los contornos,
reparar las heridas que sangran en mi interior.
O talvez lo que debo hacer es romperme en tiras,
adelgazarme como un hilo blanco
y tejerme un nido, una nueva casa,
un nuevo rincón para mis carnes,
una tumba exacta para mi ser adolorido.
El parque
Siempre que voy al parque termino yéndome abatida,
sintiéndome ajena y solitaria,
fantasmal y enferma,
molesta por la risa de los niños,
acosada por el ladrido de los perros.
El parque se me antoja triste,
parece una ballena grande perdida entre las aguas,
parece una pequeña isla, un cementerio,
un corazón sin sangre y sin amigos,
una embarcación rota en medio de la nada.
¿Habrá un sitio para mí para mí en esta fosa?
¿Habrá una lumbre para mis manos frías
o un banco para las espadas y los sueños?
No lo sé. De lo única que estoy segura
es de que cuando se adormece la tarde
y mis pasos se pierden por las calles,
termino en el parque de siempre,
como un río que llega a su desembocadura,
como una rata que huye a su cloaca,
como un animal que se acuesta en su guarida,
como una mujer anónima que se arrima
al lugar adonde van a morir todas las cosas.
Mi tristeza
Mi tristeza es mía, única, egoísta,
con nadie quiero compartirla
y a nadie hago responsable de ella.
Es un lagarto que me observa desde el techo.
Veo su cola alargada y sus patas diminutas,
sus ojos que miran hacia ninguna parte,
su serenidad oscura y milenaria.
Mi tristeza es cosa de un momento,
de unos días, de un mes,
de un tiempo secreto y solitario,
pues cuando todos me ven sonreír
yo todavía arrullo este sentimiento sutil y delicado
que se estira como el cuello de un cisne.
Mi tristeza es una ola.
En ocasiones me derriba y me lleva mar adentro.
Yo me dejo ir… ¿Acaso tengo otra salida?
Siempre abro los brazos cuando ella viene a mi encuentro.
No le preceden huracanes, ni desgarres, ni huidas innecesarias.
Hay en mí una predisposición natural,
una voluntaria placidez ante esta forma de estar
que nadie comprende
y que no espera ser comprendida por el mundo.
Mi tristeza es un refugio en el que me arrincono
cuando naufragan los barcos y estallan explosivos.
En su seno me duermo y olvido a los peces voladores,
las lenguas de serpientes y los dragones azules.
Mi tristeza es un estanque y un pájaro.
Mi tristeza es un ancla.
Acercamiento
Cuando me acerco a ti en la mañana
desaparecen las marcas del pasado
y la tristeza absurda de los días,
se van las hojarascas y las sombras,
vuelve a ser la luz y la colmena.
Porque cuando yo me acerco,
cuando me entrego a tu calidez de hombre
y sigo los movimientos de tu barca,
una marea se desata en mis adentros,
algo me perfora el alma y la desagua,
un pájaro me hace trizas el corazón
y lo devora.