Camino sediento, despacio.
La flor que habita en mi corazón aviva tras
ver acercarse la primavera.
Me surge un calor intenso, casi asfixiante,
al chirriar mis dientes cuando me deleito lamiendo el sabor
de las pisadas de mis pensamientos.
Es un lujo el poder ver al
cuervo de mis inseguridades aislarse en
una cueva, sin alimento,
deteriorándose
poco a poco, llegando al hastío y pronto a
su desaparición.
No oigo gemidos, ni necesito un espantapájaros
vigilando mis sesos llenos de imaginación,
de vida irreal que hace saciar la realidad.
El virus no se ha reproducido ni ha llegado al desgaste
del más profundo sentimiento,
el alma recorre los huecos del cuerpo con luz propia,
sin quimioterapia.
Soy el creador de verdes campos
de árboles en flor, de pájaros libres
con cadenas en las ramas
del elegido lugar para su descanso.
No hay podridos frutos en el edén y
cuando me tumbo desnudo al mundo,
tan sólo me fijo en como la crisálida de una amapola
acaricia mi nuca.
Marc
13 mayo, 2016 a las 4:36 pm
Es muy personal. Bravo.
Elías
13 mayo, 2016 a las 4:56 pm
Bonitas palabras, hermoso canto a la vida, celebración de esta fiesta que es el caminar del hombre, con sus luces y sus sombras, un contínuo renacer.
Guillem Cano
13 mayo, 2016 a las 5:17 pm
Increíble
Alejandra
13 mayo, 2016 a las 7:17 pm
Que maravilla!