Me gusta asomarme a la ventana de esta
pecera, estirarme en ademán de saltar al vacío
para surcar las azoteas de esta
ciudad de pájaros grises
y carros de fuego.
Ventana cóncava de hastíos y
rutinas, límite
del aire exterior,
del hálito interior.
Vereda de cristal que recorro cada día,
cada hora.
Ábrete a mí y a la ciudad ausente.
Hoy
también
me asomaré a tus
pupilas respiraré todo el
aire para imaginarme
saltando desde tu orilla
al infinito ascendente.
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