Empieza siempre igual,
siempre el mismo comienzo,
delicado, como las caricias.
Se anuncian risas,
la tez oscura,
niños que juegan,
madres detrás de niños,
ilusión.
Pasos recios, lentos,
huellas impregnadas en la arena.
Las pisadas de los hombres que con la misma facilidad vienen que van,
de otros, distintos, parecidos.
Lejanos a nosotros, por ahora,
otros que pisaran donde nosotros pisamos
dejando otras huellas,
marcando el paso.
Y mi sol, ese sol cada vez mas y mas alto,
el aire templado y el mar, a su son,
tejen la melodía,
el preludio del concertto.
El minúsculo polvo se hunde,
cosquilleando los pies.
Vuelve a su forma,
el agua lo cubre,
y desaparecen las huellas,
así, sin adiós.
Bamboleo hipnotizante,
enmudece,
luces de jazz alumbrando la orilla,
es arte, es magia,
y yo, en este momento, lo hago mío.
Las moragas han hecho de su casa la playa,
y algo mas allá,
un piano,
el toque de platillos,
ruido de cristal,
puro, magnético, envuelve el ambiente.
Y yo, yo estoy ahí, contemplandolo todo.
La orquesta ya está por terminar,
los camareros se recogen,
con el sombrero bajo el brazo vuelvo a casa.
Sólo espero que la vida sea grata,
que me deje conservar este recuerdo,
hasta el último momento,
hasta el último verano.
Y todo vuelve a empezar cada año, como un círculo,
en continuo movimiento,
que se cierra,
conquistando, se place en ello.
Generación tras generación,
una tras otra.