DINASTÍA DE LA IGNORANCIA
Soñar, soñar es fantasía.
Un orgasmo intelectual,
desayuno de inconformistas e improvisación en esencia.
Soñar es épico y leyenda al mismo tiempo,
es poesía y rap bailando tango y llorando por tonterías.
Soñar es maestría, santo y demonio haciendo la veces de consejero.
Soñar es regazo de nuestras realidades y cordura de nuestras profundidades,
dilatar mágico de las pupilas,
química de la devoción y ley en un género de revoluciones.
Soñar es correrse por los ojos y esnifar el sarcasmo de las verdades.
Indomable, impensable e inmensurable,
soñar es puro show individual al servicio de necesidades pactadas.
Escenario de nuestras preocupaciones y frontera de nuestros deseos.
Soñar es enviarle cartas de amor al amor
y relatos de utopías al paraíso.
Descanso de injusticias y escape añejo para leyendas vacías.
Soñar es preguntarse por qué Campanilla sigue regalando polvos o cómo es que los leones todavía no juegan al póker.
Soñar es moneda de cambio para perdidos y brújula para los que se buscan.
Es amanecer de un verano sin sol,
lectura de poetas olvidados,
escritura implícita para expertos,
bebida de árboles amordazados,
arena en un desierto de vasos medio llenos y sed en un mar de jarras medio vacías.
Soñar es amar desde una perspectiva idílicamente narcisista,
soplar una vela para pedir una estrella fugaz.
Desgarrar un diente de león para tener una moneda que tirar a la fuente.
Levantarse con el pie derecho para poner celoso al izquierdo,
soñar es un sinsentido constante,
un desfile sideral de genios pretenciosos y violines desafinados que decidieron no hacer ego de su cordura.
Soñar es arrancar las páginas de un poema para besar y quemar cada una de sus palabras.
Es ignorar la gravedad y la gravedad del asunto por un momento
y olvidar las prohibiciones efímeras que descansan en esa mente imperfecta
y jodidamente conservadora
que nos despierta gritando, dictadora, obligándonos a olvidar aquellas maravillosas fantasías
para convencernos de que la precaución no es una opción
y el riesgo solo una de sus muchas equivocaciones.
Soñar es miedo. Pero también virtud.
Soñar es vida; y la realidad, solo una de sus mentiras.
Santiago Tañá, estudiante de Medicina en la Universidad Europea de Madrid.